La Viña del Doctor Castro: Entre el Guao y el Marabú

Foto (c): Alexis Gainza Solenzal.Si rectificar es de sabios me estoy aproximando a esa condición de excepción, porque admito públicamente mi error al interpretar un término que se usa con extrema frecuencia en este singular universo de la oposición política cubana en el exterior.

El término de marras es “Reconciliación” y es que en más de una ocasión había comentado  con mis amigos que tal palabra no tenía sentido entre nosotros porque con la dictadura cubana no era posible tal acontecimiento y con el pueblo no era necesario porque nunca habíamos estado en conflicto con él.

Sin embargo, la lectura y el escuchar a varias personas que en su momento estuvieron asociados al régimen me hizo reconsiderar esa opinión porque he percibido que junto a los naturales sentimientos de frustración y amargura que debe producir perder la fe por lo que se ha luchado buena parte de la existencia cohabita entre algunas de estas personas mal llamadas desertores la convicción de que solo la vertiente de la generación  que llegó a  la adolescencia cuando el triunfo de la insurrección y que se incorporó al proceso revolucionario, se encontraban en el camino justo. También  he creído percibir en algunos de ellos cierto resentimiento, animadversión hacia aquellos que no compartimos su pasado.

Esa percepción me ha determinado a escribir estas líneas porque aunque no dudo que la mayoría de los jóvenes que se sumaron a la Revolución estaban asistidos de los mejores ideales- lo comprueba el hecho de que cuando el castrismo torció el rumbo del proceso muchos empezaron a hacer oposición y lideraron esta- también es verdad que “todos no eran justos ni estaban entre ellos todos los justos”. 

Tal vez las reflexiones que me han provocado lo leído y escuchado  no sea políticamente correcto hacerlas públicas pero aun así creo imperativo decir mis puntos de vistas al respecto porque coincido con un artículo que publicó la doctora Hilda Molina en el diario El Nuevo Herald hace varios años en el que expresaba “es imprescindible que no nos engañemos y que valoremos objetivamente el pasado y el presente del país”. 

Los acontecimientos políticos que se desencadenaron a partir de 1959 en Cuba mediaron de una forma determinante en toda la vida nacional pero muy en particular en lo que podemos llamar muy libremente la generación de los 60. La influencia en los jóvenes de aquellos años -hoy pasamos a garrocha  los 60 por lo tanto tenemos licencia para escribir sobre ciertas cosas-, alcanzó  extremos que no tenían precedentes en nuestra historia. 

Aquella generación se incorporó casi masivamente a la vida política nacional y una buena parte de ella asumió el discurso oficial como propio y participó en la imposición a como diera lugar de los conceptos ideológicos y políticos en boga. Unos practicaron la violencia, el acoso y la intimidación no solo contra los que rechazaban al nuevo orden, sino también contra aquellos que en disfrute de un derecho natural se negaban a involucrarse en la gran marcha al luminoso futuro y otros dieron la espalda a la realidad y aprovecharon las oportunidades que les ofrecía el nuevo orden. 

No pongo en tela de juicio el sacrificio de muchos de lo conversos. Algunos creyeron sinceramente en la trinidad,  Fidel Castro, Cuba y la Revolución. Cultivaron la tierra, fueron a alfabetizar, cursaron estudios en Cuba y en el extranjero, se separaron de sus familiares, trabajaron con la Seguridad del Estado, se incorporaron a las milicias para perseguir a los alzados. En fin, lucharon arduamente a favor de lo que creían y quizás un sinnúmero no se percató que el uso de ciertos medios hacia imposible que se pudiera construir el paraíso prometido.

Por supuesto que todo no fue cortar caña, participar en actos de repudio o ir a la Plaza a dar vivas al Mesías. También fueron tiempos de tocar el cielo con las manos. Se disponía de poder y de todo lo que este se deriva incluyendo las satisfacciones materiales a las que puede acceder una nueva clase en un régimen totalitario, viajes, estudios, intercambios internacionales, embajadas, etc.  y los gozos espirituales de desarrollar proyectos en los que se cree  se van a concretar las ideas que dogmáticamente se suponía que iban a beneficiar a todos porque, y agrego esto por necesario,  de todo ha habido en la viña del señor Castro. 

Fueron  decenas de años de  entrega y dedicación y  no pocos murieron por defender en lo que creían. El tiempo fue el mejor maestro en aquellos que en su buena fe se hicieron cómplices de innumerables tropelías. Con canas, arrugas y achaques tropezaron con la realidad. En plena madurez se dieron cuenta de lo estéril que había sido el sacrificio. Habían ofrendado todo por nada y en cierta medida habían ayudado a empujar la carreta  que tiene al país en el borde del abismo. 

No tengo dudas de lo azaroso que debe ser aceptar el haberse equivocado y estar consciente de que se es responsable de esos desaciertos. Por eso escribo para aquellos que creyeron en el proyecto y que en su corazón no se han reconciliado con sus errores y culpan en cierta medida a los que no incurrieron en las pifias. Los que están conciliados con su realidad no tienen porque sentirse aludidos.

Cuando esa vertiente de mi generación se entregó a su  sueño, la otra parte, en verdad minoritaria,  vivió y padeció por sostener ideas diferentes.

También ellos querían  lo mejor para Cuba al extremo que se enfrentaron a un gobierno que disfrutaba de la simpatía y la militancia de la mayor parte de la ciudadanía y la admiración casi general de todos los pueblos y muchos gobiernos en el mundo. 

Anhelaban justicia y querían Pan para todos pero bien sazonado de Libertad. Para ellos el disfrute de una dignidad personal que no fuese menoscabada por autoridad alguna era fundamental para que existiese una genuina soberanía popular. Por esas querencias fueron discriminados sin piedad alguna. Se les expulsó de centros de estudio y trabajo. No disfrutaron de becar ni planes especiales. Los calificativos de traidor, vendepatria y gusano les fueron endilgados sin consideración alguna.

Los que practicaban una religión se convirtieron en delincuentes. Se exhortó a la delación. La Revolución estaba antes que la familia, la amistad, la fe, la profesión y el que no acatara tal mandato estaba en contra y por lo tanto era un enemigo. El repudio, 20 años antes que el conocido proceso del  Mariel, fue una  dolorosa experiencia para todos. Gustar de otra música, usar ropas irregulares o cuestionar una orientación u orden, era una herejía. El sexo se vínculo a la política. Una inclinación sexual heterodoxa era objeto de severo castigo y de atroz discriminación. 

La salida del país, el desarraigo, el cambio de vida, el alejamiento de la familia y los amigos junto al aborrecimiento y el desprecio que conllevaban ciertas despedidas era la injusticia de aquellos  que se proclamaban justos, al extremo que si hoy muchos exiliados, no todos, disfrutan de ventajas económicas no dudo que la mayoría hubiera deseado permanecer en Cuba por tal de no haber enfrentado aquellas traumáticas experiencias y sufrir en plena adolescencia la perdida de la familia y empezar a vivir como adultos cuando apenas habían dejado de ser niños. 

Pero el exilio fue menos terrible que la prisión política que devoró la juventud de millares, menos doloroso que aquellos campos de concentración de la UMAP y los Pueblos Cautivos. La cárcel fue crisol pero también un quebranta-sueños solo comparable al cruel paredón, a los desaparecidos en el mar o a la tortura física y moral de la que tantos fueron objetos. 

Creo que  un entendimiento sincero entre las dos riadas de esa generación es más que imperativa para que se pueda producir una Reconciliación Nacional, pero hay que admitir que la buena fe o la ingenuidad, las convicciones y la confianza en un liderazgo determinado no confiere el derecho de imponer convicciones y menos aun, afectar el derecho del prójimo a que labore por el progreso de sus opiniones. 

Me uno a la ya referida  exhortación de la doctora Molina  de que “no nos engañemos”, porque solo cuando se está dispuesto a aceptar como maléficas ciertas acciones y se acepta rechazar al Mr. Hide que muchos llevan dentro, que  traidor al País o lacayo de yanquis o rusos eran calificativos injustos que se sustentaban en la intolerancia de quienes lo proferían y en el sectarismo que emanaba de las ideologías en que se militaba  no se estará aptos para la Reconciliación

Mientras algunos sigan creyendo que estaban Iluminados y habían sido Escogidos para salvar al mundo y que por lo tanto estaban por encima de las miserias humanas individuales y colectivas que sus actos provocaban, no estarán listos como un todo para enrumbar la República al sano equilibrio social que reclama y necesita.

A la Reconciliación no se puede llegar por la amargura del fracaso ni por la euforia del triunfo, pero menos aun con los restos de una soberbia que  inmuniza  ante la pena  ajena. No se es mejor por haber tenido la oportunidad de dar una conferencia en Moscú o Washington. Si acaso hay alguien sobresaliente es aquel que dio todo lo que tenía por lo que creía y no dudo que de esos  habían en las dos  riveras. 

Nunca he sido religioso y si algún día lo soy será por convicción y no por frustración de otras expectativas. La Reconciliación es en mi opinión un acto de constrición, de arrepentimiento, de autocrítica. Un análisis sincero de nuestros actos que haga posible, en primer lugar, el reconocimiento de los errores y disposición a enmendarlos con la humildad a que solo se llega cuando se sabe que no se es perfecto y que como actor se  es responsable del libreto que se interpretó. 

La penitencia de airear nuestros errores y aceptar responsabilidades éticas y judiciales de existir estas, tal vez sean la única patente que garantice una Reconciliación que posibilite el renacer de la nación y el compromiso de Nunca Más permitir que se repitan los horrores del pasado por  muy bellas que sean las promesas y  carismáticos  sus cantores.

Diciembre 18, 2006.

Comentarios

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