¡¿TRANSCARD O TRANCAR?!

28 de marzo de 2007. La Habana – Serían las tres de la tarde cuando franqueé la puerta acristalada. Esta es una residencia con climatización central en sus dos plantas, edificada a mediados del siglo pasado en el selecto barrio Miramar. Ahí, en avenida 3ra y 6ta, radica la casa matriz de TRANSCARD, una agencia financiera cubano-canadiense asociada al consorcio estatal FINCIMEX.  

Esperé mi turno sentado. Hasta que una linda joven funcionaria me llamó a su despacho. Me senté frente a ella y así le entré al asunto: "Señorita, el depositario mío en los Estados Unidos me comunicó que mi nombre consta en una lista confeccionada por el gobierno de Cuba, donde se le notifica la prohibición para transferirme dinero".

Percibí que la frente de mi oyente se había arrugado más de lo normal. Ya no me miraba con ojos de querubín, era estrictamente con geta burocrática. Pidió mi tarjeta magnética. Sus  manos teclearon el código en el computador situado frente sí, y al instante ratificó: "Con su cuenta no hay problema. Eso debe ser que allá no saben realizar la transacción".

Hice por objetar su juicio, y ella llamó al próximo de la cola. Más, una itinerante reflexión se me descongelaba en el cerebro: Si soy miembro de TRANSCARD desde el año 2000, y mensualmente cobraba por mi trabajo de corresponsal mediante dicha cuenta, ¿cómo puede ser que allá no sepan realizar la transacción? Intuí que para sacar la verdad por ese cuello de botella necesitaba la ayuda de manos "tecleadoras" más poderosas. Entonces pedí ir con la gerencia de Remesas. Así pude subir hasta la planta superior y presentarme a una señora de mediana edad, con rango de jefa y nombre, Cecilia. "Dame tu tarjeta", pide amablemente la jefa. Tecleó mi código, fijó la vista en la pantalla del computador, inclinó la cabeza hacia un lado, sutilmente oprimió los labios, y al fin soltó: "Te están imponiendo la Instrucción 40 del Banco Central de Cuba. Debes ir allá para resolver tu problema económico". 

De súbito pensé en argumentarle que hace más de tres meses una veintena de colegas míos -corresponsales independientes- corren la misma suerte. Y me lo reservé, pues yo ahí de pié, ni sé porqué el vocablo “económico” descongeló un intrascendente recuerdo mío, que me remontó a otra tarde cuando por casualidad, y con tan solo un refresco entre tripas, encontré una moneda de cinco centavos pegada a un contén de la calle, y también por casualidad, un poco más adelante paró un metro-bus (camello), y abrió sus tres puertas, y lo abordé no por casualidad, sino porque me adelantaría como tres kilómetros en el trayecto a mi casa, y cuando saqué la billetera solo contaba con 15 centavos, y el conductor era un intransigente, y es cuando otro recuerdo se me descongela de la memoria: la moneda encontrada un rato antes, y pude pagar el pasaje y caminar menos. Desde entonces, tengo la manía de recoger cualquier centavo perdido que se me atraviese en mi camino de andariego.

Al día siguiente, el viernes 16 de febrero, me fui a las oficinas del Banco Central de Cuba, en calle Cuba esquina Lamparilla, en la Habana Vieja. Allí me subieron al despacho del licenciado Humberto Guerra Pérez-Cuba, un asesor legal de esta institución financiera estatal. En su oficina, también en un segundo piso, me invita a sentarme y me confiesa desconocer la Instrucción 40. Me pide mi tarjeta y gira en la silla a un costado donde tenía situado un computador. Teclea. Leo sobre el buró un pensamiento de José Martí: “Solo obedeciendo estrictamente a la justicia se honra a la patria”. Le hace fotocopia a los 16 dígitos del código de mi tarjeta. Lee un corto informe redactado por él y me pregunta: “¿quieres agregar algún otro interés personal?”. Casi al unísono con mi contesta que salía, mis manos que entraban en los bolsillos, ya remendados por mi esposa en donde mismo las llaves pinchan la tela y el menudo agranda el roto, y apretando el peso y pico que me quedaba balbucee: “Interés económico”.

Quedamos en que yo lo llamaría al teléfono suyo en una semana y en que él me informaría sobre la reclamación mía.

El jueves 22 lo llamé. Me dice: "el responsable de la aplicación de la medida es el Comité de Política Monetaria del Banco Central de Cuba. Su queja fue elevada. Debes esperar un termino de 60 días".

Una semana después de eso, un colega me avisa de que le habían comunicado oficialmente desde TRANSCARD que esta agencia había clausurado y de que debía solicitar una nueva tarjeta magnética en FINCIMEX. Acudo a TRANSCARD al lunes siguiente, no obstante lo que a mi me notifican es que TRANSCARD había finiquitado el contrato, únicamente, con los envíos de Estados Unidos.

Y mientras la espera va y los dos meses vienen, me siguen, repulsivamente, descongelándoseme las dudas y humedeciéndome las entendederas; por ejemplo, ¿Qué es la Instrucción 40? ¿Por qué TRANSCARD no nos lo notificó nunca? ¿La susodicha lista habrá sido tecleada por la Seguridad del Estado? ¿Y mi dinerito?...

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