¿PARAÍSO DEL PROLETARIADO?(Primera y Segunda Parte)

El sistema comunista esta diseñado de modo tal que toda la sociedad se pone en función de servir al Estado. Triste aberración pues como sabemos, en las sociedades democráticas el ente Estatal es siervo, no amo.

Cuando Castro llego al poder junto con él trajo la promesa de instaurar en la nación el paraíso del proletariado. En vista de ello exigió a los obreros sacrificar los beneficios heredados de la republica, condición sine qua non para crear las circunstancias que permitieran alcanzar un orden de organización laboral superior, capaz de hacernos navegar en un mar de abundancia y felicidad.

Fue en vista de ello y al calor de las promesas mesiánicas que en el año 1961, el XI congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) acordó – supongo que ya por aquel entonces, por unanimidad – renunciar a muchos derechos y beneficios alcanzados por el obrero cubano durante la etapa republicana. La excusa fue que se necesitaba reducir los costos sociales del trabajo para lograr las metas señaladas.

Por supuesto que ya Castro se había deshecho de quienes pudieran importunarle o ponerle piedra a las ruedas del carro revolucionario. Ya había superado la experiencia del anterior congreso, en el que un grupo de sindicalistas auténticos lo habían confrontado y, evitado que se saliera con las suyas. Ese año (1960) había fusilado a los sindicalistas Guillermo Le Santé, Julio Casiellas y Orlirio Menéndez.

A partir de ese instante quedaba el camino despejado para que el proyecto totalitario pudiera expandirse por los ámbitos del sindicalismo. La ahora oficialista CTC se encargaría en lo adelante de cumplir el rol que los nuevos líderes comunistas le habían asignado; ser correa de transmisión, baso comunicante de los mandatos del poder. Desde ese instante se supeditarían todos los derechos y libertades sindicales a la existencia y fines de la sociedad socialista.

Mucho de los nuevos cuadros fueron enviados a la extinta Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas, allí se les adoctrinaba con la novel ideología esculpiéndoles en el cerebro la metodología a emplear en el trabajo. Cuando concluía el adoctrinamiento eran procesados e iniciados en las filas de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) o del Partido Comunista de Cuba (PCC), de esta forma la nomenclatura garantizaba la sumisión total.

Pronto comenzaron los conflictos con la OIT. Desde fecha tan temprana como 1960 esta organización dejaba traslucir su preocupación, haciéndole observaciones y señalamientos al estado revolucionario. Tal es así que, desde 1960 al 2000, solo la Comisión de Expertos en la Aplicación de Convenios y Recomendaciones (CEACR) había llevado a cabo un total de 191 observaciones, como consecuencia de la violación de acuerdos adoptados por el Estado cubano con la OIT.

Entre esas violaciones de entonces y de ahora se señalan las acciones dirigidas contra el sindicalismo independiente expresadas en: Golpizas contra los activistas, despidos por razones políticas, coacción (amenazas, detenciones, intercepción y desconexión de llamadas telefónicas, violación y decomiso de correspondencia), y como opción extrema el encarcelamiento.

Tratamiento particular merece el capítulo que se refiere a los trabajos forzosos impuestos contra 38 641 jóvenes allá por los años setenta. Homosexuales, seminaristas, sacerdotes católicos, pastores protestantes, adventistas, testigos de Jehová, masones, intelectuales disidentes, tuvieron que pulgar sus culpas por ser diferentes en los tristemente celebres campos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en los que perecieron, dadas las condiciones infrahumanas en que se desenvolvían las labores 72 personas.

Ya para el año 1967 el daño era irreparable. El comandante guerrillero Ernesto Guevara, comenzaba la campaña a favor de lo que el mismo llamó “estímulo espiritual”, negando la valía de la compensación material a la que tildó de lacra del pasado que debía ser erradicada. Este nuevo desatino no sólo fracasaría, sino que sumiría a la nación en el abismo económico.

Desde entonces y hasta la fecha poco ha cambiado. Aun cuando la CTC aglutina en sus filas a 3 250 000 trabajadores, contenidos en 101 700 Secciones Sindicales, que están insertadas a su vez en 19 sindicatos nacionales, nada ha hecho por mejorar las condiciones laborales de los trabajadores y si mucho por apuntalar al Estado. Aunque parezca increíble todavía se escuchan voces oficiales que prometen la pronta llegada del paraíso proletario, sólo que debemos seguir sacrificando nuestras ansias de mejorías presentes para obtener el pase hacia el futuro soñado.

Cuarenta y siete años sin embargo no han sido suficientes para acallar las voces de los nuevos heraldos del sindicalismo cubano. Durante la primavera del 2003 un número significativos de ellos fueron apresados y encarcelados; sin embargo la labor no ha sido interrumpida. Desde la prisión unos, o desde sus hogares y talleres otros, bajo el escarnio y el vituperio, continúan tozudamente defendiendo al obrero, hoy más que nunca desamparado. 

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Largo ha sido el camino recorrido por el proletariado nacional en su lucha por alcanzar vindicaciones que hagan más llevaderas sus vidas. Los cubanos nunca hemos sido segundos de nadie a la hora de reclamar beneficios laborales, por lo que desde fechas tan temprana como principio del siglo veinte, ya existía a lo largo y ancho de todo el país una saludable estructura sindical, capaz de lidiar con los más importantes contratistas del patio.

Verdad de perogrullo es que en el año 1917 los sindicatos cubanos ya integraban el grupo de ochos naciones que habían redactado la constitución de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que en actualidad aglutina a la mayoría de los sindicatos del mundo.

Un ejemplo de cuan exitosa llegó a ser la puja del obrero por arrancarle concesiones al patrono, lo podemos apreciar en el texto de la constitución cubana de 1940, cuyas páginas contienen sendos capítulos tendientes a dotar a los asalariados de múltiples facilidades con las que los homólogos de otras latitudes siquiera se atrevían a soñar. El derecho a la huelga, al boicot, al salario mínimo y la jornada máxima, a pensiones, al seguro social, al descanso retribuido, al derecho de sindicalización, a la contratación colectiva, son algunos de los logros recogidos dentro de la ley de leyes.

Contrario a lo que sucedía con los jornaleros Europeos que no encontraban eco a sus exigencias - hecho que los movía a la rebelión violenta - el nativo podía evacuar sus inquietudes por medio de conductos institucionales que, aunque imperfectos, no dejaban de ser funcionales y cumplían a cabalidad el rol asignado a ellos por la joven República.

Medidas extremas como la huelga general iniciada el 4 de agosto de 1927, apoyada en sus inicios por La Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), tenía un trasfondo más político que laboral. El sector obrero, por estar bien organizado, solía ser utilizado frecuentemente por auténticos justiciero o demagogos con la finalidad de lograr particulares propósitos.

Es falsa la afirmación repetida hasta la saciedad por el régimen castrista, de que la revolución cubana tuvo un carácter netamente clasista y que los abanderados de esta lucha fueron los obreros y los campesinos. Tan leve era la insatisfacción en estos ámbitos, que no se conoce un solo hecho de violencia o insubordinación seria, provocado por ellos. La revolución armada que derrocó al dictador Batista contó con la participación de todos los estratos sociales, sin que se le pueda atribuir un papel preponderante a ninguno de ellos, todos unidos por un ideal común, la restitución de la constitución del cuarenta.

A quienes no compartan esta aseveración, les insto a que revisen los documentos históricos emitidos con anterioridad al ascenso del caudillo al poder; podrán comprobar que no existen indicios que nos señalen un interés denodado por parte del hombre fuerte, hacia los trabajadores o los problemas que los afectaban.

No obstante tras su victoria militar, volcó todas sus dotes histriónicas en pos de congraciarse con los trabajadores. Entre las promesas más comunes por aquella época podemos encontrar la que señalaba que en un corto periodo de tiempo nuestros ciudadanos contarían con niveles de vida superiores al de EE.UU., que se pondría fin al desempleo, que se le entregaría a cada productor una casa y un teléfono, que contarían con absoluta libertad sindical, en fin que este sería el paraíso de los proletarios.

Al final sabemos en que derivó todo aquello. La pérdida de libertades fundamentales y esenciales, el pago de salarios de miseria, la violación de los contratos laborales , la discriminación por razones de raza o política, la falta de recursos, el ejercicio del empleo en condiciones insalubres o de peligrosidad, son tan sólo algunos de los aspectos que hoy se destacan.

Dentro de unos días se celebrará el primero de mayo. Ya se habla de desfiles a celebrar en el país, todos ellos preparados y dirigidos por el ente empleador, el Estado. Veremos marchar decenas de miles de compatriotas con banderitas en lo alto, coreando consignas vacías y diciendo ante las cámaras de televisión, desde Cuba y para el mundo, que aquí, el paraíso proletario ya fue alcanzado.

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