EL MUNDO LIBRE DESCONOCE A LAS DAMAS DE BLANCO

Pero desde su  morada eterna Mahatma Ganhdi y Madre Teresa las contemplan orgullosos.

Luego que Las Damas de Blanco recibieron el Premio Sájarov otorgado por el Parlamento Europeo, la actualidad informativa presenta una ácida jugosidad que se catea hasta en redacciones y agencias comunicativas del mundo libre, donde unos cuantos ejecutivos se engullen la noticia feliz por no quedar otro remedio y es imposible tapar el sol con el dedo gordo del pie derecho. Pero se la engullen, no la tragan.

La iniciativa de estas mujeres no se ha divulgado en su debida cuantía y regularidad. No por carencia de suministro,  impacto noticioso y peso ético. Sino por plañidos de trasnochada jaez desconcertada ante la belleza, donaire y garbo de tan vibrante galanura. Culpables directos del imperdonable engavetamiento resultan la incapacidad colosal y el temor putifárico galopantes para hacerse eco de material alguno que se aparte de cánones informativos que cayeron al latón de la basura tras el derrumbe del Muro de Berlín.

Antes que la Revolución de Terciopelo barriera suave y convincentemente, sin una gota de sangre, con los excesos y reacción de las dictaduras marxistas leninistas. Ya sabíamos de la vesania estaliniana, crueldad de Mao Ze Dong, reportes llegaban de los juicios de Praga, la represión húngara, el Gulag. Pero hasta entonces, - por sobrarnos los pertrechos de razones - concedemos el beneficio de la duda. Si bien constituye un absurdo retroceso histórico y proceder avieso que aun en pleno sigloXXI un par de bonzos uniformados (uno en cama y por control remoto) sean capaces de controlar a buena tajada de la informática civilista y echar a vuelo un viejo caso judicial ya juzgado, y barbado o Barbados, para distraer como cortina de humo la atención internacional del problema que honestamente se debe encarar a todos los vientos y revientos. La situación de los Derechos Humanos en Cuba y Venezuela, encarnados y expuestos a todas las latitudes por Las Damas de Blanco sin otras armas que su originalidad, valor y gracejo femenino.

Ocultar lo inocultable es el fiasco imperdonable de la sociedad libre de nuestros días. Ese silencio es una resultante; no causante de la ausencia de líderes en el mundo libre. Se ha hecho mutis hipócrita y a labios mordidos referente a la tragedia de unos cincuenta millones de seres humanos, no importa el bando; cubanos, venezolanos, bolivianos, y en salmuera ecuatorianos, punto. Atendiendo a la ventolera que se les sople a través de Prensa Latina, Telesur y por supuesto la diplomacia con la pistola al cinto extensiva a todo rincón del planeta. Basta un comunicado bajo tales rúbricas y canales uniformes para trazar políticas, líneas editoriales, cuchicheos y bailar El Zapatero no cubano con tumbadora y gaita hasta en Salamanca, sin la anuencia de fray Luis de León ni don Miguel de Unamuno. 

Todo triunfalismo arrastra la irresponsabilidad y el desentendimiento de desproporcionadas parcelas de los deberes más ineludibles. Se sustenta de esta suerte un poder desconflautante por la primacía de su mediocridad y adocenamiento contumaz. En esta vida feble que llevamos los supuestos dirigentes parecen entretenerse mirando los toros desde la barrera, o más bien pienso que no existen. Más acertado es llamarlos encargados de los puestos. No otra es la razón que ha provocado el sonrojo que ahora se palpa al colocar sobre el tapete la noticia fresca publicada en los portales contestatarios -para mi sorpresa por C.N.N. -de las cubanitas recorriendo las calles de La Habana en el cuarto aniversario de la Primavera Negra y desafiando a las brigadas de respuesta rápida, e influir poderosamente en el incontable número de militantes que día a día desertan del marxismo leninismo. 

Haría falta un recuento estadístico de los rostros fuera de sí, pasmados desde Harvard -pasando por Galiano y San Rafael- hasta La Guaira y Patagonia ante este acontecimiento renovador, único.

Sin embargo, los tiempos avanzan a pesar de las retrancas impuestas por el conformismo y apocamiento predominantes por ejemplo en las cumbres Hispanoamericanas y grandes medios internacionales de habla inglesa. A la sombra de su sombrilla los ideales de Las Damas de Blanco colocan la pincelada de honorabilidad y madrigales con finura de faldas, tanto por lindas damitas zandungueras como venerables doñas que peinan canas blancas. Ellas no escriben palabrotas en cartelones públicos, ni insultan, acusan o destellan llamaradas de ira por sus pupilas transparentes. Desecharon la revancha como instrumento de trabajo. Comprenden el perdón. No pueden desear a otro su dolor; pues sería igualarse en la adversidad. En su lugar prodigan genialidad suplicando sin histerismos la libertad de sus maridos, hermanos, padres, hijos, o tal vez el querido ¿por qué no?

Otra cuestión engavetada en esa gran informática internacional  son las penas draconianas -el acoso y calvario sufrido para que las dejen verlos -catapulteadas sobre los familiares de los encarcelados, obedeciendo a un sólo delito. Discrepar. Discrepar es derecho humano irrenunciable de derechos y zurdos. La democracia desde Atenas arrastra el legado moral de defender este basamento de manera irreversible; lo contrario se llama claudicación. El derecho a discrepar es la división blindada más temida por Chávez y Castro, porque en su seno la verdad se fortalece, ya que la verdad requiere el reto de las engañifas, su estimulante por excelencia. 

Y los cerca de cuatrocientos presos políticos de Cuba ¿qué?

Me pregunto indignado porque aun a estas horas unos cuantos políticos, intelectuales y artistas no parecen comprender que las campañas honradas no obedecen a ideologías, sino a la verdad y su justicia. El abuso es abuso sin importar quien lo cometa. Aparte de ¿quien es capaz de tirar la primera piedra? La víctima es víctima sin alegar su verdugo. El dictador es dictador empece a su emblema.

Si las Damas de Blanco ofrecieran su testimonio universal desde Guatemala, o Argentina seguramente que en las grandes agencias noticiosas internacionales se estarían desgarrado los camisones y despojado de chalecos y cuello duro no pocos de sus máximos potentados. Pero por vericuetos bifrontes y diferidas veracidades la gente que piensa se siente reconfortada al resplandor de este galardón diferente, esas caminatas que excepcionan la podredumbre y vacío reinante.

Millones de almas no de cántaro se solazan con sabrosos comentarios al compartir merecimientos de tal belleza, elegancia y caro perfume. Sin contar los campechanos vecinos de Vieja Linda, Madruga, La Plaza Simón Bolívar en Caracas, El Chacao, El Chacaito, El Silencio, la calle Enramada en Santiago de Cuba, o El Paseo del Prado tanto de  de La Habana como Madrid. En los cinco continentes se están abriendo los ojos y los oídos penetrando profundamente al drama de nuestras repúblicas sudorosas.

Surge una oposición impensada como no ha sido capaz de vertebrar nadie a partir de 1989 hasta el momento. Muchos estaban en el pueblo y no veían las casas. Nadie escuchaba. Y es que para prodigar ideas nuevas no importa el género ni el ramo, pero es imprescindible adelantarse a la perspectiva del siglo. Tirar la honda tras la valla. Un lúgubre cúmulo de factores tenían que converger para abrir un horizonte tan vasto, renovado y reluciente.

De no existir el hermetismo gubernamental, paradójicamente los cerebros libres no se hubieran exprimido hasta entresacarse la idea de esas mujeres pacíficas; derramando alegría, esperanza y fe, endulcurando la existencia y respirando el aire puro de los jardines y parques de la Quinta Avenida. Para luego dejarnos chiquiticos al soltarles las palomas en las caras impersonales de Seguridad del Estado cubano 

Imposible. Esa estrategia eficaz y delicada para proclamar la verdad de Cuba al mundo no se nos ocurrió a los exilados, ni la podíamos concebir porque paradójicamente gozamos de libertad. Aquí hacemos y decimos lo que nos plazca, todo se hace viable y al no vernos forzados a exprimir los cerebros, se cae bajo cánones trillados. La rutina en todo su blandenguismo.

Nadie estira la mirada para ponerse a tono; nuestra lasitud nos inhibe al paso de la vanguardia por el patriotismo. He ahí el contraste con las distinguidas cubanitas de las catorce provincias. Su larga jornada abre unas rutas imposibles de rastrear por las alpargatas de ningún Zapatero no criollo. Son rutas rumbo a un futuro que se abre de arrobamiento, de respeto y deja ver la mezquindad no ya solo del gobierno cubano-venezolano; sino del mundo occidental embebido en el hedonismo, la frivolidad, guerras estúpidas, y fabricando iconos armados como el Che Guevara, artífice de esa represión encarada por las Damas de Blanco.

Su desfile silencioso pone en jaque vocingleríos sensacionalistas y eyaculaciones frustradas. Reforzado por el verbo elocuente de su portavoz doña Laura Pollán, la dulzura de Gisela Delgado, la pluma de Miriam Leyva, y las lágrimas de gozo derramadas en presidio por las víctimas al enterarse del Premio Sájarov.

El silencio de esas criollas émulas de Marta Abreu o Mariana Grajales habla en lenguaje desusado por el capitalismo en la época de las comunicaciones. Es el idioma de los hechos que da por tierra con ditirambos, denuestos y órdenes militares. Son clarinadas de cordura y fraternidad conquistando oleadas de simpatía, y  proclamando lo primero: la raíz familiar; el vínculo primigenio que debemos nutrir y proteger; de lo contrario la sociedad se nos disuelve, para convertirnos ¿en qué? ¿De quién seremos hijos cuando esos principios dejen de prevalecer?

Comentarios

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