LOS MUERTOS NO PUEDEN REPARAR SUS CASAS

Camagüey, 10 de abril, del 2007. "Los pobres y los muertos son una misma cosa.” Escuché esta frase por primera vez cuando era un niño, no la olvidé nunca. Parece que mi subconsciente infantil me reconoció en la primera categoría de la muerte. En mi largo trayecto recorrido pobre por la muerte vivo, la he oído decir de distintas maneras.

“Nadie se parece más a un muerto que un pobre.”
"Los muertos y los pobres son familia.”
"El pobre es hermano del muerto”, etc. etc.

Muchos creen que a la muerte le da lo mismo que lo entierren o se lo echen a las Auras. No es cierto. Los buenos muertos desean que sus pobres seres queridos, muertos vivos, queden en la paz de la muerte viva, como ellos estarán en la paz de la muerte muertos.

Para saber más de lo que piensan y sufren los muertos, esos que ya no respiran, tendríamos que conversar con ellos.

Los pobres, muertos parecidos al muerto, sufren, pero sólo de privaciones, incomodidades y esperanzas. Sí,  porque la esperanza sin esperanzas… duele.

¿De qué sufren los muertos, muertos?
De nada – diría cualquier indolente materialista.
Sin embargo, sí sufren, sufren del olvido y la indeferencia de los vivos. Y sufren del sufrimiento de sus familiares que no pueden cuidarles y atenderles en una última y eterna morada decorosa, frente a la cuál poder sentarse a conversar un rato con ellos; y luego, dejándoles en el aire un beso, depositarles flores.

No sé si alguno de los buenos muertos cubanos ignoran que sus queridos familiares no les pueden conservar bonitas sus tumbas. Y si saben que los muertos que quedaron vivos cuando él partió, tampoco pueden reparar las casas, casuchas, cuartos bochinches donde creen que todavía están vivos.

Muchos muertos sí. Muchos se fueron sabiendo en las difíciles condiciones de hogar y de vida en la que quedaba su familia.

Es posible que alguno se fuera, sin imaginar que ya se iría y sin quererse ir todavía, pero la impotente mortificación que sufrió cuando le pusieron la cuantiosa multa, o le tumbaron la cocinita, por aquí y por allá… Esa mortificación… se lo llevó. Tal vez no sepa aún que ya se fue.

Otros muchos muertos que mueren en precarias casas, en las que muertos vivían, se marchan seguros de que su “buen gobierno” los entierra gratis. Lo que no saben es si su último bajareque también se moja, está lleno de insectos y roedores, o en peligro de derrumbe.

Los muertos no pueden…
Si algún Politicastro extranjero, de esos que vienen a Cuba a besarse con el gobierno y dicen ser amigos del pueblo…
Si algunos de esos  Politicastros, repito, desea ser amigo de los muertos cubanos… yo lo invito.
Lo llevaré por los barrios de todo el país y les presentaré a los pobres…
Después, si ese amigo gusta, como gustaba el Gran Garrik, famoso y triste actor de la Inglaterra que hacía reír y él, lloraba de la quietud del Campo Santo, si gusta  de la soledad  y la tristeza lo llevaré de visita a un cementerio...

Estamos en Camagüey, parados frente a la Iglesia del Cristo, en el Parque de Cristo y detrás de la Iglesia tenemos el Cementerio. A nuestra mano derecha, como saliendo de un costado de la Iglesia donde exactamente está el Altar de Cristo, vemos una robusta arcada. Y allí, en lo más alto, a relieve, una frase nos pide respeto y silencio: “Paz eterna a los que aquí reposan.”

Entramos. Inmediatamente doblamos a la izquierda. ¡Cuidado! Esa es la tumba de Dolores Rendón. Lea su epitafio: 

Aquí Dolores Rendón
Finalizó su carrera
Ven mortal y considera
Las grandezas cuáles son
El orgullo y Presunción
La opulencia y el Poder
Todo llega a fenecer
Pues solo se inmortaliza
El mal que se economiza
Y el bien que se puede hacer.



Es la huella del amor que un humilde barbero padeció por una bella Camagüeya piel canela que, según se cuenta prefería los cuellos con corbata y las sonrisas con dinero.

Murió Dolores Rendón viejita y sola.
El fiel enamorado conservó su amor intacto y desde la grandeza de ese amor, solitario y triste, le dio cristiana sepultura.
Y la inmortalizó en sus versos para la inscribirla en la página de las Leyendas Camagüeyanas.
Sobre el pedestal de la escultórica cruz, manos anónimas del pueblo le mantienen flores.

No sabemos si por Dolores, por el Barbero, por los dos, o por la Leyenda.
Seguimos ahora a la derecha, solamente unos cuantos pasos miramos a la izquierda y vemos: la majestuosa y narmólea sepultura del Mayor Ignacio agramente… no tiene flores. ‘

Desde donde estamos abrimos la mirada en un recorrido panorámico y ya vemos capillas y osarios que nos remiten a otros tiempos, otros dueños, otras familias y apellidos.

Un poco más allá, mirando en abanico, se nos ensucia la mirada con el naranja oscuro, claro y desgastado del ladrillo desnudo.

Si no le teme a las cucarachas, avanzamos. No se asuste… De esa tumba rota, no salen muertos… y si cae en ella nada le sucede, no es profunda… está llena de escombros.

¡No se acerque a esa estructura! No ve la advertencia: peligro de derrumbe.
Mire esta otra… Las cucarachas saben mucho… vio como se esconden.

Sí, haga algunas fotos, pero con discreción… le pueden acusar de Peligrosidad Social… Propaganda Enemiga o la más de moda…  Mercenarios del Imperialismo.

Ahora cuando salgamos recorreremos el famoso Casco Histórico del Viejo Puerto Príncipe.

Se irá Ud. feliz de haber conocido a El Camagüey y de llevar en su cámara fotográfica cientos de letreros:
Camagüey, Cada Día una Obra Mejor

Llegue a su país y publique que conoció un pueblo Digno, Heroico, Resistente, Anti Imperialista. Pero no deje afuera esta coletilla. Diga que es mía: “No reparan ni pintan sus casas. Ni siquiera las tumbas de sus muertos, alegan que ni lo muertos ya son suyos”.

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