A GRANDES MALES, GRANDES REMEDIOS

(www.miscelaneasdecuba.net).- (Cuarto de cuatro en la serie “Tiempos de Destinos Inciertos”)
 
“¿Del tirano? Del tirano/ di todo, ¡di más!: y clava/ con furia de mano esclava/ sobre su oprobio al tirano.” José Martí.
 
Este verso sencillo de aquel hombre tierno, sensible y amoroso que fue el Apóstol de nuestras libertades pudo haberle ganado el calificativo de terrorista, militarista o por lo menos de hombre violento entre quienes por estos tiempos rechazan con horror el uso de la fuerza para derrocar a los tiranos que nos oprimen.

Quienes así piensan se han olvidado de que fue precisamente este hombre—que siempre predicó la hermandad entre cubanos y españoles—quién organizó una guerra sangrienta contra el despiadado gobierno de la metrópolis como único recurso efectivo para lograr la libertad de Cuba.

Estamos seguros de que Martí habría preferido una transición sin sangre de la colonia a la república. Pero la mente privilegiada de aquel hombre polifacético le decía que los tiranos usan la palabra para esconder su maldad, se burlan de quienes creen en sus promesas de rectificación y no entienden otro lenguaje que el de la fuerza.

Por eso guardó la poesía y empuño las armas para luchar y morir en lo que llamó “la guerra necesaria”. Como la otrora España imperial nuestros actuales verdugos han dicho una y otra vez que tomaron el poder por la fuerza y que no lo van a abandonar por las buenas. El problema es que nosotros, por estulticia o cobardía, nos hemos negado a creerles.
 
Estoy seguro de que entre los lectores de este trabajo habrá algunos que argumenten que la lucha pacífica activa ha producido resultados exitosos y cambios radicales como lo evidenciaron los ejemplos de Mahatma Gandhi y de Martin Luther King. Otros dirán que la violencia como táctica sería rechazada por la comunidad internacional, incluyendo aquellos que se declaran nuestros “amigos”.

Y hasta habrá algunos que lleguen a pensar que esta prédica de la violencia como instrumento de cambio es un estado delirante de un exiliado que lleva cincuenta años de lucha infructuosa por un regreso a Cuba sin pedirle permiso a quienes nos robaron la patria. Aún aceptando el hecho de que no vamos a convencer a muchos, vamos de todos modos a contestar nuestros propios argumentos. Porque, como Mahatma Gandhi, decimos: “En materia de conciencia la ley de la mayoría no cuenta”.
 
Por otra parte, siempre que hagamos comparaciones, como en este caso los ejemplos de Gandhi y de King, debemos tener en cuenta las circunstancias que rodearon a estos dos hombres en su lucha por la libertad, la justicia y la dignidad de sus connacionales. Ambos sin dudas fueron hombres valientes que corrieron riesgos y terminaron víctimas de la violencia que siempre rechazaron como instrumento de lucha. En una ocasión Gandhi manifestó: “Estoy convencido de que ningún hombre pierde su libertad sino por su propia debilidad”. Por su parte, Martin Luther King dijo: “El lugar más caliente del infierno está reservado para aquellos que permanecen neutrales en tiempos de gran conflicto moral”.
 
Tanto las frases de estos dos hombres extraordinarios como su conducta de reto a los sistemas que combatían tuvieron efectividad en el marco de democracias constitucionales cuyos gobiernos eran regidos en concordancia con un Estado de Derecho. Gobiernos además sensibles a la opinión de otros estados y susceptibles a la acción de leyes internacionales.

En un gobierno totalitario encabezado por unos delincuentes que no respetan sus propias leyes y que han violado a su antojo el principio de no-intervención con agresiones a docenas de países en todo el mundo es muy poco lo que un ciudadano puede hacer para preservar su libertad. Tampoco puede pedírsele a un pueblo que se declare en rebeldía prolongada y abierta, como lo hicieron Gandhi y King, contra el gobierno del cual depende no sólo su libertad limitada sino su subsistencia, su sustento y hasta la propia vida.
 
El argumento de que cualquier tipo de violencia sería rechazada por la comunidad internacional, incluyendo aquellos que se declaran nuestros “amigos”, queda neutralizado por la deplorable trayectoria de indiferencia y hasta hostilidad con que hemos sido tratados en todos los continentes y por todas las organizaciones multinacionales quienes luchamos por la libertad de Cuba. Pongamos fin a la autoflagelación y a la conducta indigna de dar explicaciones a quienes nos han abandonado a nuestro infortunio.
 
Basta ya de portarnos como paradigmas de civilidad para evadir las críticas de quienes tienen la osadía de darnos consejos sin ayudarnos a derrocar a los tiranos. Que no nos hablen más de “revoluciones de terciopelo” o transiciones incruentas como la de España. Ellos tuvieron su momento y aplicaron sus métodos. Nosotros tendremos nuestro momento y aplicaremos nuestros métodos. Y quien se indigeste que tome purgante. Además, ni nosotros somos checos ni nuestros tiranos se han conducido con la astucia y la flexibilidad de Francisco Franco. Un argumento tan sólido como el que le presentaron a uno de los delegados a nuestra Convención Constituyente de 1940 cuando cayó en la cursilería de decir que había que convertir a Cuba en la “Suiza de América” y lo callaron con la respuesta categórica de “y donde están los suizos”.
 
Ha llegado la hora de que aceptemos nuestra responsabilidad, asumamos la iniciativa y rechacemos toda injerencia en lo que respecta a esta lucha sagrada e inaplazable por la libertad de Cuba. Es un hecho incontrovertible que ningún pueblo ha logrado la libertad lamentándose como víctima sino rebelándose ante la injusticia con todos los recursos a su alcance.

¿Qué habría sido de la libertad americana si Washington y Bolívar hubiesen renunciado a la lucha armada contra las potencias europeas? ¿Qué habría sido de la democracia en Honduras si Roberto Micheletti hubiese cedido a las presiones hipócritas e incongruentes de Washington? ¿Dónde estaría Israel si hubiese puesto su seguridad nacional en manos del gobierno del gobierno de los Estados Unidos o de cualquier otro gobierno? Como demuestran estos ejemplos no es necesario ser ni grande ni poderoso para ser respetado. Basta con estar dispuestos a caminar solos y a jugarse el todo por el todo.
 
Ahora bien, esto no quiere decir que debamos concentrarnos en la violencia y renunciar a otros métodos de lucha como ausencias laborales, renuencia a obedecer órdenes gubernamentales, negativa a delatar opositores, denuncias de las injusticias oficiales, distribución de propaganda contra el gobierno, huelgas de hambre y desfiles como los efectuados en forma consuetudinaria por esas heroínas de las Damas de Blanco. Parafraseando a Martí: “Todos los sistemas y ningún sistema. He ahí el sistema”. Y teniendo siempre presente que las soluciones, para ser eficaces y perdurables, tienen que ser las del país.
 
Tampoco podemos olvidar que los grandes males demandan grandes remedios. Y esos remedios todos sabemos que comienzan con la desaparición física del binomio diabólico de Birán. Uno de ellos insiste en amargarnos la vida prolongando su presencia en la Tierra más allá de todo vaticinio médico o de toda lógica si tenemos en cuenta la gravedad de sus dolencias. Además, cuando ponemos en una balanza la felicidad de todo un pueblo frente a la vida de un tirano no debe de haber la menor duda de cual debe ser la decisión. Mucho menos debe importarnos la opinión de aquellos que ignoran nuestra tragedia y menos aún la de quienes hacen causa común con la tiranía.
 
En conclusión, nuestra gran estrategia tiene que incluir un mensaje claro y terminante a los miembros de las Fuerzas Armadas de Cuba de que quién mande al otro mundo a cualquiera de estos dos miserables será declarado héroe nacional. Nadie lo ha expresado mejor que un músico enjuto con cara inocente y gestos de niño travieso pero de un valor a toda prueba que responde al nombre de Gorki Águila cuando, respondiendo a preguntas de un periodista, dijo: “Si la libertad de un país depende de la muerte de un tirano, bienvenida sea esa muerte”.
 
Miami, Florida, noviembre del 2009.

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