LECCIONES DE ECONOMÍA PARA CELSO AMORÍN

Elías Amor Bravo
Economista ULC
(www.miscelaneasdecuba.net).- La economía es una ciencia que lleva ofreciendo oportunidades para el análisis social durante casi tres siglos de existencia. En algunos casos se acierta, en otros se fracasa, pero los economistas han desarrollado un instrumental relativamente satisfactorio para enfrentarse a una notable variedad de problemas con garantías de éxito.


Tal vez no sea éste el lugar más adecuado para realizar una revisión de las aportaciones que los economistas han realizado a lo largo de la historia para dar solución a los problemas de escasez, de crecimiento y de equidad, pero sí que es necesario fijar con claridad el escenario en que se mueve el pensamiento económico, y situar cada cosa en su sitio.

Todo esto viene a cuento porque el ministro de exteriores de Brasil, Celso Amorin, ha salido con unas declaraciones en las que se muestra favorable a  “ayudar a desarrollar la pequeña y mediana empresa en Cuba” con el fin de impulsar el desarrollo económico de la Isla. Y de paso, ayudamos a Raúl Castro en su política de reformas a medio gas, para salir del paso.

Para empezar, lo que conviene señalar es que Raúl Castro no ha permitido la creación de empresas, sino de gestores privados de capital público, que es muy distinto. La empresa supone la existencia de medios de producción, trabajo, tecnología y materias primas afectos a una actividad regida por un empresario que es dueño de sus decisiones y responsable último de la gestión.

El marco privado es total: desde la gestión a la propiedad. Ya sea un timbiriche en el bajo de un edificio, o una cadena de distribución comercial en las principales ciudades del país. La empresa privada se basa en la propiedad privada. Sin ésta, es preciso recurrir a otras fórmulas de gestión privada de los recursos públicos que, por otra parte, son bien conocidos.

Por todo ello, para ayudar a la empresa en Cuba, sea pequeña, mediana o grande, lo primero que hay que hacer es crearla realmente,  definiendo de forma precisa un sistema de derechos de propiedad que fije el marco estable para la adquisición de activos, bienes intermedios y de producción por parte de los nuevos emprendedores que se lancen a la aventura. Sin este marco, absolutamente necesario, y que Raúl Castro ni siquiera ha planteado, la reforma económica será un rotundo fracaso.

Si lo que Amorin quiere es ayudar a Raúl Castro, que no mezcle los términos y que no califique como “cooperación en el área de negocios”, la subvención gratuita a la que tan acostumbrada está la dictadura totalitaria de los Castro. Por supuesto que nadie verá con malos ojos esa ayuda de Brasil a Cuba en su incipiente proceso de reformas, escamoteada como muchos de los proyectos que se reciben en la Isla.

El dinero que llegue a los gestores privados de capital público se canalizará directamente al único propietario de la economía cubana: el estado totalitario. Para que esos recursos sean productivos, y se consiga el objetivo pretendido por Amorin, hay que permitir que esos nuevos gestores de activos públicos se conviertan en los propietarios de sus empresas. De ese modo, quedará garantizada la acumulación de capital, la reinversión de beneficios y el aumento del empleo y la producción que son las cosas que los economistas sabemos que saben hacer muy bien las empresas.

La solución a medio camino planteada por el poder comunista cubano no tiene futuro alguno. Cuando los gestores de capital público empiecen a observar que su nivel de acumulación es insuficiente, que la carga impositiva es demoledora, y que faltan proveedores en las distintas ramas de la actividad productiva, cerrarán y ni siquiera podrán obtener beneficio por la venta o traspaso de sus negocios. Y entonces, el estado no estará en condiciones de ofrecerles una alternativa. ¿O sí?

Estoy convencido de que Brasil tiene una amplia experiencia en impulsar al empresariado para desarrollar su potente economía formal. Pero no es posible comparar la economía castrista con la de cualquier otro país de América Latina porque la concentración y el control en manos de burócratas que todo lo planifican y ejecutan es muy superior. El conocimiento que precisa Cuba para poner en marcha su economía no es el de Brasil, ni el de China, ni tampoco el de Vietnam.

Cuba ya mostró en los primeros 51 años de su existencia como República que era capaz de generar renta y riqueza en aumento. Sus estructuras fueron destruidas por la revolución. Lo único que se debe hacer es restaurarlas y cuanto antes. Y eso sí, darle las gracias a Amorin, a la Unión Europea y a Estados Unidos para que los nacionales de esos países inviertan en Cuba y tomen posiciones tanto en las empresas propietarias de sus medios de producción como en cualquier otro negocio que el mercado estime como rentable. Esa es la mejor ayuda que pueden ofrecer, sin control alguno del estado intervencionista.

En Cuba, los límites entre la economía formal y la economía negra son muy borrosos, y el arte de “resolver” se ha convertido en una práctica habitual que el régimen pretende normalizar sin más. Eso no es empresa privada, ni tampoco economía de mercado. La empresa privada es mucho más respetable que este engendro creado por el raulismo castrista para ganar tiempo. La empresa privada, liderada por el empresario, agente creador de riqueza, empleo y progreso en un país, es una base social alternativa al estado totalitario comunista que por su mera existencia, debilita la base de la coerción totalitaria y mueve a la sociedad a romper los lazos de servidumbre y obediencia comunista.

Lo que puede suceder con todo este plan de reformas castro raulistas es todo lo contrario. Quiénes en Cuba desconozcan las ventajas del capitalismo como estructura productiva pueden sacar con esta experiencia de gestores privados de capital público la conclusión contraria, y denostar un sistema lleno de virtudes para la empobrecida economía de los Castro. Con ello, los hermanos estarán dejando la peor herencia posible para las generaciones futuras. La idea de que si mal nos ha ido  con el comunismo, peor nos va a ir con el capitalismo.

Amorin, gracias, pero espera a ver lo que sucede. La ayuda de Brasil será fundamental para Cuba. De eso no me cabe la menor duda, pero en el momento en que sea más beneficiosa para el pueblo cubano. Ahora sólo podría servir al castro raulismo. La pesadilla que queremos que finalice.

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