LA TAREA NO ES DE BISCET SINO DE TODOS NOSOTROS

Alfredo M. Cepero

(www.miscelaneasdecuba.net).- La noticia de la excarcelación del doctor Oscar Elías Biscet conmovió a todos los cubanos amantes de la libertad desde La Habana a Madrid y desde Miami a Santiago de Cuba. Y más allá de nosotros, la alegría y la esperanza reinaron al unísono en la mente y en los corazones de los hombres y mujeres que en todo el mundo reconocen a este hombre como un líder en la defensa de la vida de los no nacidos y de los derechos humanos en general.


Hace un par de días, tuve el privilegio y la satisfacción de sostener una conversación vía telefónica con el amigo a quién no conozco en persona pero con quién comparto muchas ideas sobre las vías capaces de conducirnos a una Cuba pletórica de oportunidades para todos sus hijos. Fue un diálogo franco, firme y directo que me confirmó la capacidad de Biscet para ser instrumento en la sanación de nuestros males nacionales.

En el curso del mismo, Biscet me habló de sus planes inmediatos con estas palabras: “Ahora viene un proceso de recuperación física y de ponerme al día sobre los acontecimientos del mundo para enfrentar con éxito los retos de ayudar a conducir al pueblo de Cuba hacia la prosperidad, la felicidad y la concordia”.

Mientras escribo estas líneas no sólo comparto muchas de las ideas de Biscet sino experimento la alegría que ha expresado por su liberación el pueblo al que sigo atado por pasión y añoranza a pesar de medio siglo de ausencia. Quisiera gritar a todo pulmón que la libertad de Biscet es el preámbulo de la inminente libertad de Cuba. Quisiera decirle a ese paladín de nuestra libertad que es Biscet que ya ha cumplido su misión. Pero la experiencia de tantos años de lucha infructuosa contra la feroz tiranía que nos oprime y nuestra historia plagada de confrontaciones y conflictos desde el inicio de la República me hacen adoptar una actitud más cautelosa y moderar en parte mi optimismo. Me explico.

Como tantos otros valientes que han sufrido martirio, hostigamiento o prisión a lo largo de esta lucha prolongada este hombre no hizo su entrada en la vida pública por vocación política sino por imperativo patriótico. Con la liberación terminó para Biscet la etapa heroica en que arriesgó la vida para denunciar la opresión. Ahora comienza una etapa de más grandes retos, mayor peligro y más frustraciones.

Tiene nada menos que sanar las heridas y estimular las esperanzas de un pueblo transformado en rebaño por la maldad y el cinismo de un régimen satánico. Y esa terapia no se la enseñaron en la escuela de medicina. Tendrá que improvisar tratamientos innovadores y muchas veces hasta actuar por instinto. Y es muy probable que su premio sea el que vaticinó Martí a Máximo Gómez cuando lo convocó a la guerra del 95: “El placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

Muchos le pedirán que haga el milagro de la escurridiza unidad que no hemos logrado en la lucha por nuestra libertad como quién multiplica panes y peces o que convierta agua en vino para renovar los votos matrimoniales de la que fuera una vez nuestra maltratada y famélica democracia. Algunos han llegado por estos días a lanzar su candidatura presidencial y hasta han propuesto bautizar con su nombre alguna de las principales avenidas de la capital cubana.

La misma mezcla de cursilería y adulación que ha prostituido a tantos de nuestros gobernantes. Les atribuimos facultades divinas y, para estimularlos, los endiosamos. Las motivaciones pueden ser múltiples. Unos buscan prebendas y sinecuras. Algunos están en asecho para acumular capital político haciendo crítica destructiva de sus acciones. Otros, la mayoría, se niegan a aceptar su responsabilidad como ciudadanos en la salud de nuestra democracia. No en balde nuestro pueblo tiene una reputación bien ganada de indiferencia política y de destruir a sus líderes ya sea por adulación o por envidia.

Creo, por otra parte, que muy pocos están tan calificados como Biscet por carácter, principios y conducta para sacar a Cuba sin violencias del abismo de odio y de miseria en que ha vivido por mas de medio siglo. Pero ni Biscet es eterno ni su presencia en el escenario político será permanente. Si los cubanos queremos una nación estable que resista las veleidades y debilidades humanas de nuestros gobernantes tenemos que romper la cadena de dependencia de nuestros líderes políticos. Tenemos que adquirir conciencia de que el buen funcionamiento de la democracia depende de la sustitución periódica de los gobernantes. Que sin esa sustitución, la democracia se convierte en una farsa que conduce a dictaduras solapadas como las de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Y volviendo a nuestra cadena de infortunios, ahí están como ominosos recordatorios de nuestros errores tres eslabones representados por Machado, Batista y Castro. Gerardo Machado hizo una ejemplar y constructiva obra de gobierno en su primer período presidencial de 1925 a 1929. Pero sus acólitos lo cubrieron de adulación y le  endilgaron el ridículo calificativo de “el egregio”. Cuando el presidente procedió en una ocasión a preguntarle que hora era a unos de sus ayudantes, el personaje llego a la sumisión extrema de contestarle “la que usted quiera general”. El resultado fue un Machado arrogante y desconectado de la opinión pública que se impuso a la fuerza para un segundo período y provocó la revolución de 1933, que a su vez parió al dictador Fulgencio Batista.

Fulgencio Batista no solo hizo un buen gobierno entre 1940 y 1944 sino presidió unas elecciones honradas y entregó el poder al candidato opositor victorioso que había sido postulado por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) doctor Ramón Grau San Martín. Pero la avaricia y la arrogancia lo llevaron a dar el tiro de gracia a nuestra democracia con el golpe de estado de 10 de marzo de 1952, a escasos tres meses de una elecciones pautadas para el primero de junio y cuyos resultados estamos convencidos habrían sido respetados por el Presidente Carlos Prío. Sus partidarios acuñaron el lema de “Este es el hombre”, como si todos los demás cubanos hubiésemos sido unos eunucos. La consecuencia fue una guerra fratricida que nos trajo al monstruo de Fidel Castro.

En cuanto a este último, no existen adjetivos para calificar su maldad. Fue depositario de la mayor corriente de fe y esperanza que jamás haya inspirado gobernante alguno en el curso de la historia de nuestra infortunada nación. Insultamos a uno de nuestros mas nobles brutos llamándolo “el caballo”, le dijimos “esta es tu casa” y llegamos al delirio suicida de proclamar a los cuatro vientos: “Si Fidel es comunista que me pongan en la lista”. Y la lista de sus actos de barbarie podría llenar toda una enciclopedia.

En conclusión, si queremos que nuestros  hijos y los hijos de nuestros hijos puedan vivir en libertad y prosperidad en nuestro suelo patrio, que no sean abatidos por las balas ante paredones de fusilamiento, que no sufran cautiverio y tortura en cárceles inmundas y que no deambulen huérfanos de patria por tierras extrañas tenemos que asumir la responsabilidad de promover y preservar la república democrática que nos legaron nuestros libertadores. Y esa tarea no es solo de Biscet sino de todos nosotros. 

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