Testimonio: Mi primer día en un lugar llamado Sanatorio

Ignacio Estrada Cepero
Periodista Independiente
(www.miscelaneasdecuba.net).- Hoy quiero recordar con cada unos de los lectores aquella primera vez en que acompañado de mi madre y una enfermera hacia mi entrada en el Sanatorio para Enfermos de VIH/SIDA de Santa Clara.


Era el jueves 11 de enero del 2001, desde temprano había despertado en mi pueblito natal Santo Domingo, a 32 km de Santa Clara. Sabía que poco después de levantarme tendría que emprender este viaje, acompañado de mi delgada madre y la enfermera de mi consultorio. El trayecto lo hicimos en uno de esos viejos carros que circula gracias a la creatividad y el invento de quienes los manejan. El auto se hacía notar al paso por su luz de color rojo en la única torreta que a pesar del tiempo persistía en dar paso a emergencias médicas. 


Pasada una hora y treinta minutos entrabamos a la ciudad, unos 10 minutos después de estar en Santa Clara, la ambulancia sonaba su klacson anunciando su presencia ante la portería del hospital que me acogería por más de tres años. 


Las paredes todas de ladrillos de color rojo se confundían con el color de sus tejados de barro, fuimos recibidos primeramente por un custodio, el que de una forma poco cordial nos despojó de todo documento y nos requisó minuciosamente nuestras pertenencias, en busca de equipos electrónicos como teléfonos, cámaras de videos, fotográficas o grabadoras. La revisión fue el primer fracaso por parte de uno de los tantos gendarmes que por tres años tuve que lidiar.


Luego de esta experiencia desagradable fuimos guiados a escasos metros de la garita de los custodios al área de visita y control de pases. Tuvimos que aguardar aproximadamente una hora, mientras estábamos en esta espera el silencio se apoderaba de nosotros, y notábamos que a cada ratos éramos observados por quienes pasaban por el lugar como una cosa rara. Desde la dirección se vio salir a alguien que vestía de ropa blanca, este traía consigo un documento, no llegó a donde estábamos nosotros. Continuó su paso entrando a varios departamentos, minutos más tarde, otras personas de batas blancas pasaban frente a nosotros de camino a la dirección hospitalaria.


Al fin fuimos llamados por la recepcionista, a la mesa estaban sentados la epidemióloga, un especialista en medicina general integral, un estomatólogo, la vicedirectora de enfermería, la jefa del laboratorio clínico, el jefe de protección física, el jefe de servicio de acompañamiento, una trabajadora del servicio social, el administrador y al final de la mesa una persona con la piel tan negra como su alma, la Dra. Regla de la Caridad Pobeda Rodríguez. Nunca he sido racista pero poco después de mi llegada me percaté de toda la maldad que le acompañaba.


El recibimiento fue más corto que el tiempo de trayecto y espera, palabras de agrado y de hospitalidad ninguna tuve, todo lo que saltaba de la boca de los presentes, eran advertencias y amenazas. Lo último que se me dijo es que aprendiera a ver este lugar como mi casa, y que aceptara a cada una de las personas que convivían allí como una nueva familia.


Me dieron unos minutos con mi madre y luego ella tuvo que marchar a casa. La partida se hizo con lágrimas en sus ojos. Yo hombre y homosexual aguanté, sólo le contesté “regresa tranquila a casa, acá todo estará bien”.


Para mi estaba comenzando una vida nueva, siempre he estado fuera de casa, recorriendo el mundo en las aventuras que algún día también compartiré con ustedes. Era mi primer día como interno en un lugar nombrado Sanatorio.


Recorrí cada una de sus áreas, luego fui acompañado por el jefe de servicios al almacén, allí se me entrego dos sabana de color amarillento, que al recibirlas tuve que firmarlas como blancas, un cepillo dental, una toalla, un jarro de aluminio y como aseo personal me entregaron un poco de detergente, un jabón de baño que al parecer era de origen chino y una pasta dental. Todo esto lo tuve que firmar, se me advirtió que tuviera la perdida de alguna de las cosas entregadas tendría que responder por ellas ante un consejo disciplinario.


Recorrí después de salir del almacén el área de las cabañas hasta llegar a la capacidad que me asignaron. Según caminaba personas se asomaban a sus ventanas para ver a la persona nueva que llegaba, siempre me encontré con personas conocidas. Uno de los conocidos era Juan Pablo un amigo que poco tiempo después de mi llegada fallecería a consecuencia de una enfermedad oportunista. 


Juan Pablo me acompañó junto con Dignora la Jefa de servicio hasta la capacidad que se me asignó en uno de los edificios. Los jardines estaban cubiertos por una espesa hierba de color verde. El sendero que me permitía el acceso al edificio era estrecho, estando parado al frente de la última de las cinco edificaciones me señalan que el último era al que me habían destinado. La escalera estaba compuesta por fuertes piezas de granito, barandas de hierro forjado y sus pasamanos de madera poco trabajada. Me tocó la segunda planta, cada uno de los apartamentos estaba destinado para cuatro personas y estaban compuesto por un recibidor, un pantri, baño y dos habitaciones, cada una de estas era para dos personas del mismo sexo.


Mi primer compañero de cuarto se llamó Germán. Al principio nada agradable, pasadas algunas horas se le escuchaba las primeras palabras. Al frente de mi dormitorio estaba la habitación de Belkis Leal y su compañera, hoy a pesar de esfuerzos no recuerdo el nombre. Sólo sé que se amaban hasta un día en que la infidelidad llego y la pareja de Belkis la traicionó, como una de tantas ocasiones. Belkis se sintió dolida más que nunca en esta ocasión no era nada pasajero, su ex la abandonaba por un hombre, esto fue un escándalo algo parecido como al que se susurra en los medios de la prensa.


Bueno era mi primer día y mi primera noche en un lugar desconocido para mí y para mis familiares.


Todo el tiempo miraba por las ventanas y recorría cada parte no sólo de la habitación sino también del Sanatorio lo recorrí hasta tarde en la noche. En mi primer paseo nocturno alguien me mostró un arma de fuego, pensando que yo quería salir del lugar o que había entrado como muchos de forma clandestina. Desconociendo que yo era un nuevo caso hospitalizado durante el día, la experiencia fue desagradable. Las piernas me temblaban y mi voz no se dejaba escuchar ante las preguntas del custodio, la pistola de color metálico lucía a luz de la luna.


A los gritos del custodio acudieron los restantes del grupo, todos con pistolas a la cintura, uno de ellos me condujo hasta la garita de guardia ,este me pregunto mi nombre y después de verificar la veracidad de lo que antes ya había contestado me pidió disculpas. Que susto, nunca imagine que este hospital a diferencia de otros era custodiado por agentes de seguridad con armas cortas.


Un total de cinco agentes se turnaban dos veces al día, todos ex miembros del Ministerio de Interior (MININT), Policía Nacional Revolucionaria (PNR), Departamento Técnico de Investigación (DTI) y hasta de las fuerzas antiaéreas o de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) unos eran desmovilizados otros retirados. La prepotencia  era su más fiel arma solo recuerdo reír a uno de ellos, Triana es su nombre.


Así quiero comenzarles a contar mi primer día en un lugar llamado Sanatorio.


Sé que muchos se estarán preguntando ¿cuál fue el camino recorrido antes de llegar a este lugar, y cómo fue que me enferme? Estas preguntas también tienen su respuesta.
     

Nunca pensé que hoy estaría escribiendo un poco de mis memorias, la historia es larga y se remonta a la edad de 15 años.

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