Esperando el renacer judío en Cuba

David Mauri
El ex- presidente de Israel Ezer Weizman prende la primera vela del Jannuca. Foto: commons.wikimedia.org.
(www.miscelaneasdecuba.net).- Nunca hubiera soñado Meyer Lansky, ni aún en el peor de sus vaticinios, que después de tanto tiempo y dinero invertidos, La Habana sería convertida por la mojigatería revolucionaria en un baluarte del marxismo-leninismo, el mismo sitio donde antes habían proliferado a buen resguardo en un país tolerante los casinos, hoteles, hipódromos y prostíbulos.

Fue un cambio drástico, sin dudas, que afectó de manera especial a la comunidad judía cubana, quienes participamos activamente en la construcción financiera e industrial de la república durante la primera mitad del pasado siglo.

¿Qué ha sido de nosotros, los judíos cubanos, durante el proceso de añejamiento revolucionario? Propiedades confiscadas sin indemnización, cuentas bancarias congeladas, exilio de miles de familias hacia Puerto Rico o Estados Unidos, invisibilidad y olvido, sobre todo.

Es una historia que contiene los ingredientes clásicos para deshacerse de la presencia judía: neutralización económica y desprecio cultural como método de represión, puesto que la prédica nacionalista del castrismo los consideraba peligrosos por aquello de “cosmopolitas sin raíces” que aprendieron del sistema estalinista.

En la actualidad la vocación antisemita del régimen comunista se traslada al campo de la política internacional, en la que la prensa oficialista invierte sobre la opinión nacional volcándose a temas lejanos como el conflicto árabe –israelí, al que dedica amplio espacio para difamar a Israel con toda clase de afirmaciones malintencionadas dirigidas a empañar no sólo la imagen mundial de la democracia israelí, sino fundamentalmente a aislar con percepciones negativas a nuestra comunidad de la retroalimentación recíproca con sus pares en todo el mundo.

El sionismo, otro de los temidos fantasmas del gobierno, es una ideología prohibida en Cuba y eso es todo.

¿Cómo se entiende que un país con una población judía estimada en más de ochenta mil personas no posea un activismo respetable y legal que promueva la defensa de los derechos de la diáspora en su relación con Israel, el único estado judío del mundo?

Bien, eso pasa por el finado juego político desplegado por Fidel Castro durante la Guerra Fría: como la mayoría de los regímenes instalados en países como Libia, Egipto, Iraq y Siria se definían socialistas y por tanto, comulgaban con la URSS, el máximo líder cubano hizo lo que era previsible al abrazar la causa árabe para complacer a sus padrinos soviéticos, mientras en Cuba propinaba un manotazo al desenvolvimiento de una conciencia cívica entre los hebreos.

Estas lealtades llegaron al punto de afectar los intereses económicos de la Isla considerando la importancia estratégica de nuestra cooperación tecnológica con Israel, que nos asesoraba en las buenas prácticas para nuestras plantaciones citrícolas (que a la sazón se habían quedado técnicamente huérfanas tras la retirada de los expertos de la United Fruit).

Todo eso se terminó con la ruptura de relaciones entre ambos países en 1973, a raíz de la guerra de Yom Kipur, que se saldó con el escándalo de la renuncia del propio Ricardo Wolf, embajador cubano en Tel Aviv, un rico judío alemán naturalizado en Cuba que financió con su negocio acerero al propio Castro en sus días guerrilleros y que en protesta por tamaña ingratitud rompió para siempre los vínculos políticos que lo ataban a la nación adoptiva. Eso es lo que sentimos todos: la Revolución ha traicionado de la forma más rastrera la confianza y la dignidad de la comunidad hebrea cubana.

El estado en que pervive la institucionalidad tradicional es lamentable, despojados de la posibilidad de regentar colegios propios para la promoción de la identidad judía o de la iniciativa para dinamizar la economía a través de la explotación del libre mercado. Los judíos sólo hemos podido conservar las sinagogas porque a eso se reduce el concepto que el gobierno tiene de nosotros: somos una religión más y como buenos religiosos debemos limitarnos a rezar. Lo cierto es que lo hacemos, todos los días, para que este país recobre la lucidez y reaprenda virtudes elementales que antes poseía como el hábito democrático o la tolerancia.

Es loable el grado de respaldo gubernamental concedido para practicar el culto, pero lo cierto es que el comercio también es parte de nuestra esencia y la única garantía de independencia económica, cultural y política en la sociedad en que vivimos.

Existe un temor generalizado entre los círculos de poder de que el sentido de pertenencia grupal, aunada a las conexiones internacionales de los judíos, pueda fermentar el orden socio-económico impuesto por el Partido Comunista en el momento de abordar los verdaderos cambios que necesita Cuba.

Ahora es más urgente que nunca la formación de organizaciones judías que comiencen a presionar al gobierno en este sentido en estrecha coordinación y como parte de la sociedad civil emergente de una Cuba postcastrista. Es el momento de exigir un acercamiento con Israel, el cese de la proscripción del sionismo como una ideología abyecta y el reconocimiento del lugar que nos hemos labrado en esta sociedad con nuestro trabajo, ir por nuestros derechos con la constitución en la mano para impugnar los atropellos cometidos contra nosotros en el pasado y garantizar la continuidad de nuestra comunidad en pleno disfrute del estado de derecho en una Cuba plural.

No será fácil, hechos relativamente recientes como la encarcelación de Alan Gross, nos demuestran que el pulseo generacional en las altas esferas está lejos de ser definitivo. De cualquier manera el caso del señor Gross (condenado por las autoridades comunistas a causa del “delito” de conectar a sus hermanos judíos a Internet) es una demostración del antisemitismo institucional que subsiste con la obsesión de mantener el control mediático e informativo. Esta es una atroz violación de nuestra constitución que la sociedad civil repudia y una causa que todas las organizaciones judías deben hacer suya (el señor Gross es judío), en una campaña por el respeto a las libertades individuales que ponga en jaque al gobierno de Raúl Castro por su ultraje a los derechos humanos.

Estamos hartos de ser el objeto de escarnio para aquellos que todavía se empeñan en destruir el país. Estamos hartos de esa política exterior que excusa a criminales y terroristas, haciendo una propaganda peligrosa entre los países islámicos con el otorgamiento de becas a jóvenes palestinos, yemeníes o pakistaníes (se cuentan por miles) y que se pagan con el trabajo del contribuyente cubano con un poder adquisitivo que está muy lejos de ser óptimo. ¿Ignora acaso la élite comunista el riesgo que hace correr a la sociedad cubana laresidencia prolongada de toda esa masa humana ajena a nuestra cultura, que dado el delicadísimo contexto del Medio Oriente en la actualidad podría convertirse en agentes del extremismo islámico que utilizarían al país como base de operaciones y contactos para propagar el terrorismo por todo el Hemisferio Occidental?

Lo vemos a diario por toda Cuba, estas personas no respetan las reglas elementales de su propia sociedad ni las normas ciudadanas de convivencia: beben alcohol de manera desmesurada, siendo frecuentes las disputas entre nacionalidades por motivos sectarios, exhibiendo además una conducta licenciosa con las jóvenes cubanas que si bien no ha llegado al escándalo público constituye una afrenta para el orgullo cívico.

¿Por qué tenemos que contemplar el espectáculo de esa invasión oriental, ver a esas chicas de rostro velado y largos ropajes pasearse por nuestras calles? Es una ofensa descarada al decoro femenino y a nuestra cultura.

Queremos un cambio de políticas, ahora que los hombres fuertes del mundo árabe (Muammar al-Gaddafi, Saddam Hussein), estrechos cómplices del castrismo en las políticas antijudías globales, han caído. El gobierno tiene la singular oportunidad de aflojar el asfixiante tutelaje y dejar a un lado la represión cultural contra los judíos cubanos para que pueda avanzarse hacia una recolocación más justa de la comunidad hebrea dentro de la sociedad civil para garantizar su participación activa en la transición a la democracia.

Así, en diciembre próximo, cuando celebremos Janucá y los emisarios del gobierno se sienten (como lo vienen haciendo dese hace algún tiempo) en la primera fila de la sinagoga mayor de La Habana, estemos conscientes de nuestra victoria sobre la “unanimidad” y sigamos luchando para que la luz de los judíos cubanos acompañe positivamente el futuro de esta Isla para siempre.

Comentarios

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