Arre caballo

Alejandro Tur Valladares
Jagua Press
Piquera de coches. Foto del autor.
 
(www.miscelaneasdecuba.net).- Quién iba a profetizar que en Cuba los coches tirados por caballo estarían de regreso en pleno siglo XXI. Tras miles de años en uso, esta forma de locomoción fue declinando hasta ceder el paso definitivamente a las máquinas de vapor, de combustión y eléctricas. En todo el orbe los coches tirados por tracción animal fueron desapareciendo, primero, de las grandes urbes; de las rurales con posterioridad. Mientras nos adentrábamos en el siglo XX se hacía más y más difícil poder ver algún equino tirando de una diligencia, calesa, quitrín, o simple carretilla. 

Aún en nuestro país - por razones diversas, no siempre asociadas al progreso- los coches y caballos iban perdiendo la batalla. Nuestras calles, aun las adoquinadas, símbolos de la época colonial, perdían el eco de los herrados cascos y comenzaban a ahuecarse por el peso de guaguas y camiones, capaces engullir en sus fauces a decenas de pasajeros.

Durante los años 90, tras llegar de improvisto cual molesto pariente que nos viene a visitar, el llamado “Periodo Especial” (la crisis más seria que recuerde la isla), a un iluminado del castrismo se le ocurrió, ante la falta de combustible y piezas de repuesto para ómnibus, la revolucionaria idea de fomentar el traslado poblacional por medio de coches tirados de caballos. Desde entonces los cocheros han estado sacándole las castañas del fuego al Ministro del Transporte en el turno.

Fue así que poco a poco, cual parodia del conejo que sale del sombrero del mago, fueron apareciendo, traídos de los campos más remotos, caballos moros, alazanes, o caretos; grandes y pequeños, sanguíneos o flemáticos y junto a ellos un ejército de improvisados cocheros, que sin más maña que el afán por el dinero, amaestraban, la mayoría de las veces a golpes de garrote o chasqueando látigos de cuero desflecado, a las desdichadas bestias.

Tras décadas de servicio público la actividad transportista parecía languidecer. La entrada en circulación este año de ómnibus de confección nacional, marca Diana, tenía nervioso a los cocheros que desde hace mucho lidian con innumerables restricciones impuestas por el estado, entre las que destacan el alza en los impuestos, las escaseces de melaza y pienso para la alimentación de los animales, o las dificultades con el herraje.

Sin embargo, justo cuando arreciaba el desconcierto, llegó el vaticinio gubernamental alertando que la crisis se agudiza, y que la población debía prepararse para “el peor de los escenarios”.

Nuestros centauros, versados en eso de leer los signos de los tiempos, intuyen que su momento ha llegado, que de nuevo ocuparán un papel protagónico en nuestras vidas y que cual héroes del comic, correrán raudos como el viento a salvarnos, de una caminata prolongada o de la llegada impuntual a una cita.  

Otra vez, la sinfonía de los cascos y el tintineo de la herrumbrosa carretilla, será música celestial en nuestros oídos, cuando el sol de agosto caliente nuestras aceras como hornillas y la guagua que esperamos desde hace una centuria como Penélope a Odiseo, no se quiera presentar.

Nuevamente escucharemos entre la multitud frustrada por la espera, la voz alegre de un muchacho que sin ser consciente de lo que lo malo que acontece en el macrocosmo nacional, gritará sin reparos a voz de cuello “Arre caballo”.

Comentarios

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[18-08-2019]
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Mujica, un hombre agradecido
[10-08-2019]
Pedro Corzo
Escritor, Periodista y Editor
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Apunte de un fracaso
[30-07-2019]
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