Guaidó versus el tiempo

Alejandro Tur Valladares
Jagua Press
Juan Guaidó. Foto: en.wikipedia.org
 
(www.miscelaneasdecuba.net).- Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo…un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz. Eclesiastés 3.

Guaidó, el líder más promisorio de la oposición venezolana, parece atravesar por su peor momento desde que se proclamara presidente interino a principios de año. Su imagen viene sufriendo un desgaste gradual e interrumpido, desde que el pasado 11 de febrero, fracasara su plan para ingresar ayuda humanitaria a Venezuela a través de la frontera colombiana.  

Alrededor de este evento se tejieron muchas expectativas, máxime cuando la mayoría lo asociaba con el principio del fin de la dictadura de Maduro, al especularse, que el cargamento sería acompañado por efectivos militares y que, de intentarse un bloqueo por parte del chavismo, una coalición de naciones respondería con virilidad al acto, incluyendo la opción militar. La expectación se reforzaba con la promesa de Guaidó de que los contenedores entrarían al país, sí o sí.

El fracaso de la operación abrió las puertas a las críticas aun entre sus seguidores dentro de la nación suramericana. Sin embargo, el mantra de la administración Trump de: “Todas las opciones están sobre la mesa” sirvió en algo para apuntalar la frustración.

Fueron los intentos posteriores encarnados en sendas manifestaciones que se repetían con vertiginosa frecuencia el principal elemento erosionador. Y es que, marcha tras marcha, se renovaban esperanzas que luego se evaporaban por nunca lograrse resultados concretos, transformando el esfuerzo en desaliento.

A mi juicio, con posterioridad se dieron dos acontecimientos que han acelerado la falta de confianza que hoy se acentúa entre las filas opositoras. El primero aconteció a principio de mayo cuando el presidente interino, acompañado por efectivos militares se fue a las calles de Caracas para alentar un levantamiento militar, esto luego que hubiese liberado de la prisión domiciliaria en que se encontraba a Leopoldo López, máximo líder de Voluntad Popular, partido al que pertenece Guaidó.

Aunque el llamado logró una movilización popular más o menos importante, no tuvo eco en el cuerpo castrense. Pasada unas horas la desproporción de fuerza obligó a la mayoría de los efectivos disidentes a buscar refugio en embajadas o esconderse donde pudieran para escapar de la represión. Más allá del golpe de efecto que resultó la liberación de Leopoldo, la jugada no logró quebrar a la cúpula militar como se pretendía, ni puso fin al reinado de Maduro como nuevamente se había prometido.

El segundo acontecimiento tiene que ver con las negociaciones iniciadas entre el oficialismo y la oposición en Oslo, Noruega. La decisión – equivocada, cuando se analiza desde el presente - oxigenó al chavismo justo en el momento que más lo necesitaba.  

Más grave aún, el proceso negociador dividió a una oposición heterogénea que hasta ese momento se mantenía, al menos en apariencia, como un bloque monolítico. Con las negociaciones el chavismo logró sus dos deseos más apetecidos; enfriar la calle y enfrentar entre sí a sus enemigos.

Uno de los que mostraron su desacuerdo con el diálogo desde sus inicios fue el movimiento político, Vente Venezuela, representante del ala más conservador de la oposición, liderado por la exdiputada María Corina Machado.

Desde entonces crece el número de quienes acusan a Guaidó de impericia. Sin embargo, mi criterio es que su liderazgo descansa en dos pilares fundamentales que poco tienen que ver con su personalidad. El deseo mayoritario del pueblo venezolano de salir de la dictadura y el apoyo internacional que ha logrado la causa que él representa.

El primero de estos pilares se nutre de resultados y ya sabemos lo que acontece. Sucede que una gaviota no hace primavera y aun que Guaidó es el referente, el éxito o fracaso de la causa democrática no es exclusiva de él, pertenece en igual cuantía y proporción a millones de venezolanos.  

El segundo pilar descansa en la voluntad política de sus aliados, en le determinación de ir más allá de la firma de documentos y cándidos pronunciamientos críticos dirigidos contra el timonel del Socialismo del Siglo XXI.

La renuencia de los países Latinoamericanos a involucrarse en un conflicto armado con el país petrolero – siquiera en coalición – y los mensajes erráticos que constantemente envía la administración norteamericana, que incluso ha guardado en un cajón de los recuerdos la manida frase de “Todas las opciones …”, desmotiva a las huestes antichavistas y de paso pasan factura al joven opositor.

La idea de que la solución a la crisis política venezolana pasa por una intervención extranjera gana terreno en momentos que se encuentra minada la confianza en los políticos criollos que ante tantos reveses están aturdidos sin atinar un rumbo.

Sin embargo, pareciera que EE. UU, el único actor externo con el poder y liderazgo suficiente para lograr una solución definitiva, sigue apostando al desgaste económico vía sanciones. Esto sin dejar de mencionar que el clima interno de esa nación desfavorece un lance de armas. Trump se encuentra inmerso en un periodo de campaña electoral y su liderazgo se ve amenazado por los actuales esfuerzos de los demócratas para enjuiciarle políticamente.

Culpar a Guaidó por la permanencia de Maduro en el poder es injusto. Son muchos los factores que tienen que confluir antes que se de ese resultado. Soy de la creencia que el problema venezolano se extenderá al menos por un tiempo; esto si no se da una situación excepcional. De su resolución mucho va a depender la reelección de Trump y la estabilidad, ahora mismo amenazada, de las democracias regionales.  Al final de cuentas el mayor enemigo al que se enfrenta Juan Guaidó no es el chavismo, es el tiempo.

Comentarios

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