Lo más interesante de todos estos personajes es que cuentan historias sobre la Cuba actual que ni nosotros mismos, los cubanos que nacimos y crecimos con el régimen, a la vez que lo maldecimos, ni estamos enterados de ellas, ni las conocemos.
Pero es asombroso que cuando tu le cuentas la verdad sobre el desastre de La Habana, estos señores se fajan a discutir contigo y hasta te dicen que tu eres un mentiroso.
Y es que la izquierda latinoamericana tiene una visión totalmente surrealista, cómplice y, hasta oportunista, sobre lo que ocurre en la isla y sobre las grandes verdades de su fracasado socialismo real.
Hay salvadoreños que dicen, aseguran y discuten, que en la Cuba de hoy no existe la prostitución, que peor hubiera sido que los yanquis hubiesen convertido la isla en una versión mucho más avanzada y moderna que la de Las Vegas donde los juegos y el vicio han asfixiado a sus habitantes. Habría que ver que plantea en la actualidad la juventud cubana sobre este tópico.
Pero¿Quién le dijo a estos parlanchines que hoy en día en Cuba no existen ni el juego ni los vicios?
Una cosa es que los fenómenos muchas veces se oculten por la falta de transparencia de la sociedad o que se den por detrás del telón, y otra, bien diferente; es que se hayan erradicado realmente.
Un señor colombiano me planteó que en Cuba no existía lo que ellos llaman el ladronismo y que el gobierno de la isla había hecho desaparecer totalmente este mal.
Yo no pude evitar una sonora carcajada cuando este hombre me dijo tal tontería. Por ello, cuando mi interlocutor terminó su perorata, yo lo aseguré que esa Cuba de la cual él me hablaba yo no la conocía, que ese no era el país donde yo había nacido. Además le expresé que la nación que el mencionaba parecía más bien sacada de un libro de ciencia ficción.
El colombiano, arrogante como generalmente son también los salvadoreños, puso cara de perro endiablado cuando yo le conté sobre el mercado negro de la isla y sobre la costumbre arraigada que tiene el individuo cubano de robarle al estado, como algo normal, por su falta de identificación con la política económica del régimen.
Le conté además que el gobierno comunista de La Habana sólo le paga a los profesionales, sobre todo a los médicos, unos veinte dólares al mes. Esto último él no podía creerlo, discutía que no era posible tal explotación en pleno siglo XXI.
Pero su asombro fue mucho mayor cuando le mencioné que en la Cuba de los Castro muchas veces las mismas profesionales universitarias son las que se acuestan con los turistas extranjeros practicando una prostitución barata para tan sólo obtener productos como jabón, desodorantes, almohadillas sanitarias, pasta dental, entre otros, que el gobierno no tiene la capacidad, ni la voluntad, de garantizarles.
A partir de ese momento el colombiano surrealista jamás volvió a mirarme ni a saludarme. En una ocasión posterior me atreví a decirle que había que vivir en la isla para darse cuenta de las mentiras escandalosas que fabricaba su élite dictatorial.
Le dije también que eran muy ciertas todas aquellas palabras suyas sobre la gran necesidad de cambios sociales, profundos y estructurales, que demandaban en nuestros días las naciones latinoamericanas pero, que estos cambios, los buscaran ellos dentro de las fronteras de la democracia representativa.
De no hacerlo así, si les daba por imitar las irracionalidades injustificadas y abusivas, junto a los rabiosos excesos del socialismo real cubano, no harían otra cosa que salir de Guatemala para meterse en Guatepeor.












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