Acantonados nosotros —entre cuatrocientos y quinientos escolares de los grados primero al cuarto, (a propósito, días y noches apartados involuntariamente de hogares y familiares)— en las proximidades del aeródromo capitalino, pues nada más natural que nuestros mentores estatales recurrieran a esa cantera de mozalbetes inquietos para que acudieran al homenaje que, bienvenida mediante, se le brindaba a los ilustres forasteros, los cuales -ahora entiendo- comparecían en pos de contubernio político, cuando no de otra índole, ante el legendario Comandante en Jefe. Es esa —yo y cientos de otros castizos pioneritos blandiendo la tradicional banderita cubana y/o la del estado huésped a lo largo de la ruta que atravesaría la procesión oficial— una de las imágenes de mi precoz infancia que más afanosamente se ha ensortijado en las intrincadas costuras de la memoria.
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Crecer con y marcado por la omnipresencia del Máximo Líder —repárese que no incumbe aquí absolutamente la lejanía de nuestros exilios, como tampoco la cercanía de los insilios— deja indudablemente una impronta de curiosidad en todo cubano: ¿Quién es ese Superhombre à la Nietzsche que por antojos y designios propios (des)hace pasado, presente y futuro de la ínsula incandescente? Me imagino que cuánto cubano habite en este planeta, cuántas formas pugnen entre sí al replantearse dicha incógnita. En lo que a mí respecta, aunque varias más mal que bien manejo, una manera de encararla se me muestra sumamente hechicera, so pena de pecar de saleroso en tema tan espinoso: a Fidel Castro puede estudiársele tomando como punto de referencia el (ab)uso desmesurado y por veces atrofiado que le ha dado a sus órganos sensoriales —los popularmente conocidos cinco sentidos: el gusto, el olfato, el oído, la vista y el tacto— con finalidades netamente políticas (léase personales). Expliquémonos a poquitos:
El sentido del gusto, por ejemplo, es el que más ha desarrollado, diría que hasta lo ha mutado. Fidel, sino capaz de degustar un Gran Reserva, ha aprendido a catar... las palabras (sic!). Si en Palabrología, Manuel Díaz Martínez, poeta paisano pero del destierro, afirmara Ignoro cuáles son las buenas y cuáles las malas, para su ex gobernante no todas son esencialmente nobles, insustituibles, sabias. De la misma manera que el contacto de alimento o líquido alguno con la lengua confluye en vasto abanico de sabores, de igual forma cada vocablo que éste pronuncia le provoca sensaciones de goce o martirio, según la textura, temperatura, olor, y muchos más demases de la palabra. Los cuatro sabores básicos que los mortales dizque sentimos (dulce, salado, ácido y amargo) los ha aplicado metódicamente para clasificar las locuciones que atraviesan sus más de diez mil papilas gustativas. Algunos ejemplos. Expresiones que aborrece sobremanera por la amargura que le producen al adentrarse en los poros de su infatigable lengua son democracia, derechos humanos y elecciones libres. Entre las que le generan acidez ha experimentado pluripartidismo, movimiento cívico-democrático, sociedad civil, aparentemente no por gusto, pues guardan éstas estrecha cercanía ideológica con los enunciados que define como amargos. Libertad de prensa, libertad empresarial, de reunión, de organización, y otras libertades –esa última voz le induce en verdad amargura en su palabrerío- las cataloga como saladas, es decir en cierta medida asimilables aunque repugnantes. De más está decir que presidir, gobernar, dirigir, guiar (y todo el arcoiris de sus respectivos sinónimos) le saben a pura sacarosa, mientras que poder y más poder le despiertan hasta el libido
Por otra parte, las células de la mucosa olfatoria de Fidel Castro están en perenne servicio egolátrico. Gracias a su desarrolladísimo olfato político, el comandante puede prever hechos y maniobras que en lo más mínimo reten su añosa autocracia. Usando hábilmente los impulsos que a través del nervio olfativo anegan su cerebro, el dictador liquidó tempranamente a todos sus (potenciales o no) opositores políticos, tanto los que luchasen codo a codo con él en el Movimiento 26 de Julio, como los que tras el triunfo de 1959 se opusieron al descarrilamiento del tren revolucionario hacia el comunismo soviético. La mutación de las sociedades civiles y políticas del país a meras correas de transmisión de los ucases totalitarios, así como la gastada retórica antiimperialista, responden igualmente a las desenvueltas sensaciones olfatorias del autócrata insular. Cuando Castro encarcelase la primavera del 2003 a cerca de 80 líderes democráticos, disidentes, periodistas, bibliotecarios, economistas independientes, era justamente porque su aparato nasal politizado le auguraba que el control se le estaba yendo de las garras, que semitolerar grupos disidentes no era lo mismo que permitirles robarle la legitimidad ciudadana que por antojos se adjudica.
Cualquier otorrinolaringólogo diagnosticaría, encima, que el progenitor de la Revolución Cubana padece de sordera parcial. Sería naturalmente difícil aseverar si dicha hipoacusia es congénita o adquirida. Lo cierto es que es profundamente discriminatoria; toda manifestación de crítica a su forma de (des)gobierno choca frontalmente con el pabellón auricular, logrando meramente asomarse al conducto auditivo para ser finalmente rechazada por el tímpano — esto último algo asombroso funcionalmente, pues en realidad debería provocar al menos alguna vibración—. Es por eso que los informes de Amnistía Internacional, Human Rigths Watch, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y ondas sonoras embarazosas de naturaleza semejante que los vasallos le recitan o los periodistas extranjeros le insinúan, son como ultrasonidos, es decir, una gamma de frecuencias fuera del alcance de su capacidad auditiva. Mucho menos, claro, consiguen rozar el nervio auditivo, y por ende llegarle al cogote, las indistintas declaraciones de desafección del pueblo cubano, las pocas veces que estas han podido revelarse en forma de manifestaciones espontáneas en las calles instando libertad, pan y democracia. Sin embargo, padece de ecúfenos, esos zumbidos tercos y pulsátiles en los oídos motivados por una dilatada exposición a ruidos exagerados. En el caso de Fidel Castro, lo que le ha dañado irreversiblemente las células pilosas de la cóclea es la inmensurable cantidad de ovaciones que le ha arrancado, literalmente, al miedo de sus compatriotas, al igual que a sus incondicionales epígonos de ultramar. Es duro de oídos, (fíjense que no se trata de que haga oídos sordos), cuando se trata de escuchar protestas, ya vengan estas del bando conservador, como por ejemplo de Su Santidad Juan Pablo II (¡Qué en paz descanse!); o de la izquierda, como fuese el caso del literato José Saramago, por sus arbitrarios encarcelamientos (ya mencionados) y el inescrupuloso asesinato de tres afrocubanos que intentasen escapar del paraíso que solamente él ve como tal.
Y como nos adentramos en el campo del ver, o mejor dicho del no ver, que es de lo que más se tratará, es bueno que inspeccionemos la visión del anciano. Ya sabemos todos que la sobredosis de Habanos y Cohíbas, aunado a los añejos Bacardí (sí, así como lo está oyendo, pues se me antoja que detesta el Habana Club), le ha provocado una ambliopía, enfermedad esta que a su vez le ha estimulado su ya de por sí crónica histeria. Ahora bien, si de algo en verdad padecen los órganos visuales de aquel macho, es de miopía extrema (autoimpuesta, ¡ah!). Me explico: el rector mayúsculo tiene una vista portentosísima cuando se trata de ver a largas distancias; allí donde por principios ópticos normales los otros seres humanos difícilmente detallarían cuantos tarros tiene un alce a 60 metros, él te puede por ejemplo aseverar, desde su Cubita linda, cuántos harapientos, mendigos, vagabundos, etc. transitan las calles del enemigo Nueva York. Otra cosa claro cuando enfoca los espejuelos fondos de botella a su alrededor: ¡entonces no ve nadita! La autoimpuesta miopía bloquea las ondas luminosas que intenten traducirle la miseria económica, la apatía arraigada y el descontento generalizado en que ha sumido a Su pueblo, no permitiendo que estas lleguen a la retina y por ende abortan prematuramente antes de convertirse en (indeseable) imagen. Con incapacidad como esa, aumentan las probabilidades de que nunca, no que vez alguna, se dé cuenta de las calamidades de sus desmanes.
¿Y el tacto? Ya sabemos que el metafórico, el que alude —acorde a los sesudos de la Real Academia Española— a prudencia para proceder en un asunto delicado, lo tiene totalmente tullido. Por lo que lo mismo llama marica a un distinguido Presidente Español que le exija más democracia ¡hombre! para sus paisanos, que mariconzón (superlativo homofóbico de maricón no recogido en mataburro alguno del castellano universal) a compatriotas que le tomen el pelo por el éter. ¿Marchan las cosas mejor con el físico-nervioso? Pues no: este también lo tiene lisiado. Y con razón, pues los receptores del tacto del autócrata de orígenes gallegos, hace ya muchísimos años que no sabe qué significa tener un azadón en la mano, o empuñar un machete, o agarrar cualquier otro aparejo que obrero o campesino isleño utilice en su nada cotidiana para el bien del todo maravilloso. Ni los corpúsculos de Meisner ni los discos de Merkel del tacto castrista, conocen qué es salir a la calle a pugilatear (esa es la palabra que se utiliza en su país: tal pareciera que salir a la calle, equivaliese a subirse a un ring de boxeo) la comida del día, como tampoco llegan a su cerebro a través de las fibras nerviosas las sensaciones del cubano de a pie que ha pasado horas y horas en una cola interminable con el fin de adquirir un picadillo de soya, … y para colmo se le acabe en sus narices. Encima el hecho de que el Comandante esté todo el día unifo(a)rmado hasta los dientes, facilita igualmente el raquitismo de su sentido táctil. En resolución: ¡ha perdido el (con)tacto con la realidad!
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He arriba, pues, una de las peculiares maneras con que enfoco y encandilo las tenebrosas anomalías de Fidel Castro. No pretendo por otra parte que el approach sensorial aclare todos los percances del caso, aunque como hipótesis de trabajo no debe ser tampoco del todo descartada por la castrología. Miren que soy partidario de explicaciones sistémicas, holísticas (para darle a este epílogo un viso de cientificidad) a problemas complejos. Y este, bien saben que lo es.















