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Pusha

Exilios, Identidades y labor cívico-política

19-07-2004.

Nota: Dedicamos esta modesta reflexión a Erik Jennische, quien mejor que cualquier otro sueco, ha conocido la volatilidad de nuestras identidades.

El concepto de identidad figura entre los más enrevesados con que se las vean científicos de disímiles campos. Desde la psicología hasta la politología, haciendo obligadas paradas en la pedagogía, psiquiatría, sociología, antropología, culturología, filosofía, etc. etc. —sin contar los híbridos que el apareamiento de muchas ciencias han traído al mundo—, pueden encontrarse innumerables definiciones del por veces etéreo concepto de identidad. De los tantos que me he topado en lapso académico, mejor recuerdo el que Charles Westin y Anders Lange, doctos del Centro de Investigación sobre Migración Internacional y Relaciones Étnicas  (institución en la que este servidor laborase durante cinco abriles – de 1994 a1999- como Asistente de Investigación), diseñasen en la magistral obra Discriminación Étnica e identidad social: estado de la investigación y análisis teórico (en sueco, 1981).

Que aún me resulte fácil recordar la definición de identidad de dichos académicos, lo explica el hecho de que haya sido esta expuesta de modo sumamente pedagógico: una ilustración en forma de pirámide imaginaria nos detallaba, de arriba hacia abajo, los diferentes componentes de dicho término. Identidad ocupaba pues la cima de la ficticia pirámide, al tiempo que dos vertientes nos bajaban, por el extremo izquierdo, al Aspecto objetivo de la identidad, mientras que por el derecho, al subjetivo. El Aspecto objetivo nos deslizaba a su vez hacia Identidad por y a través de otros, la cual se bifurcaba seguidamente en Identidad social e Identidad personal. En el extremo siniestro, el Aspecto subjetivo (que en su totalidad simbolizaba la Presentación) ya nos habría llevado a Identidad ante si mismo (autoidentidad), la cual a su vez se apoyaría, por una parte, en la egoidentidad y por la otra en la Imagen de si mismo y la Noción de si miso (¿autonoción?). (Vea a continuación un infructuoso intento de repoducir dicha pirámide):

Identidad


Aspecto objetivo                                      Aspecto subjetivo

Identidad por y a través de otros    Identidad ante si mismo
 
                                                               (autoidentidad)

Identidad social                                               Egoidentidad 
Identidad personal                                       Noción de si mismo  
                                                                     Imagen de si mismo

No es mi intención ahora desdoblar el sentido de uno u otro elemento de la identidad, pues intuyo sus respectivas denominaciones arrojen luz (aunque sea someramente) a lo que estos puedan significar. El que en particular me interesa, y por ende le doy trato preferencial, es el referente a nuestra identidad social, módulo del concepto en cuestión que los sesudos definen como “la manera en que otros identifican y definen a un individuo en términos amplios de categorías y atributos sociales reconocidos universalmente, como lo son género, edad, profesión, procedencia étnica, nacionalidad y fe religiosa.”

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He estado pensando, recurrentemente, en esto de las identidades, en especial en su segmento social, puesto que el quehacer cívico-político, entendido en terminos más que de profesión de vocación, en reiteradas ocasiones, nos ha planteado la espinosa pregunta: ¿qué creen otros que nosotros somos? (Ya hace tiempo dejé de interrogarme ¿quién soy?, o mejor dicho: ¿quién me creo que soy? ¡Qué rompecabezas!). Y como no es posible responder a esa pregunta, sin que el Yo social politizado sea ubicado en un ámbito propiamente social, pues se me antoja encuadrarlo primeramente en el Exilio en que desenvuelve la labor cívico-política, y finalmente en el contexto de la sociedad en que ese exilio a su vez levita.

Sin embargo, así como no hay dos personas iguales, tampoco se encontraran dos exilios siquiera semejantes. (Lo mismo vale, naturalmente, para las sociedades en que se desenvuelven esos exilios). Sin ambición alguna de cientificidad, diría muy superficialmente que hay exilios mayores y exilios menores. . Los mayores, como es el caso del cubano en los Estados Unidos de América, principalmente el ubicado en la zona del Estado de la Florida, tienden, dado el elevado número de su población, a convertirse en reflejo estructural de la sociedad en que se desarrollan (por ser un exilio en el sentido más que político del término, así como sus integrantes provenir de un país totalitario, difícilmente podrían o querrían copiar las estructuras del estado destinatario). Este proceso de adaptación a nuevas condiciones, conlleva a la creación de entidades propias, llamadas indistintamente enclaves étnicos, estado dentro del estado, polis paralela, según gusto y profesión académicos.

En cualquier caso, nos importa ahora destacar que la numerosidad del exilio mayor, favorece la creación de diferentes categorías sociales “a imagen y semejanza” de la sociedad receptora. Esta especialización incide también en quienes, por una u otra razón decorosa, no pierdan de miras la cuna de sus orígenes, y en el país adoptivo lleven a cabo labor cívico-política en pos del mejoramiento de la primera. Las personas consagradas a esta faena pulen pues paulatinamente su perfil social, posicionándose finalmente en las estructuras que de mejor manera respondan a sus preocupaciones, ambiciones, facultades, complacencias, etc. Dicho de manera más sencilla: el que siente vocación por la la política, se incorpora a uno (o a varios) partidos o movimientos políticos del destierro; el que tiene pluma se adentra al mundo periodístico y publicista del entorno inmediato; el que desea ir más allá de las ideologías y ver al ser humano y sus derechos en general, puede que se adhiera a organización de la sociedad civil que defienda los derechos fundamentales o a alguna agrupación de caridad devota, etc.

Ilustrada esta especialización de la labor cívico-política del exilio mayor, no debemos menospreciar la interacción que inevitablemente tienen lugar entre estas estructuras. Y mucho menos, cómo dicha interacción fortalece y cementa las identidades sociales (vea la definición arriba) de los ejecutores del quehacer cívico-político. Cuando un político del exilio mayor ocupa tribuna y emite su mensaje, cuando una organización de derechos humanos sentencia su dictamen, cuando un escritor saca a la luz su obra; cuentan estos naturalmente con la prensa del enclave étnico para resaltarle o refutarle ya sea el mensaje, el dictamen o la obra. Al mismo tiempo, de la misma manera que el político, el activista pro derechos humanos, el escritor, etc. son acrisolados por la prensa étnica, dichos medios de comunicación le deben justamente su existencia a la propia convivencia del enclave en general, así como al cúmulo de actividades que los ciudadanos de la polis paralela emprenden en particular. Esto es, forman un “ecosistema” en el que fortalecen mutuamente sus identidades sociales.

Extrapolemos todo lo anterior ahora al exilio menor, y veremos cómo la ausencia de especialización de las estructuras sociales, dada la poca numerosidad de dicho destierro en general, y las relativamente pocas personas que se consagran al quehacer cívico-político en particular, inciden de manera necesariamente diferente en el desarrollo de los acontecimientos. Como no tengo otro ejemplo más adecuado y mejor conocido que el caso del exilio cubano en Suecia, extraigo de su inagotable fuente, las experiencias que adornarán los pensamientos. Primero decir, claro, que a estas alturas con dificultad pudiéramos hablar en estos parajes de enclave étnico, en el sentido de “autoabastecimiento” político, económico, social y cultural. Creo la atomización de la “comunidad” cubana establecida en Suecia, así como su integración paulatina (no he dicho que efectiva), cuando no la asimilación, al main stream de la sociedad sueca se van haciendo cada vez más evidente, aún más cuando esta carece de centros ya sea políticos, culturales y sociales, no que económicos, que imante a los miembros de la “comunidad”.

La carencia de enclave propio, el hecho de que en lugar de ello, sus miembros se imbuyeran en la sociedad mayor, entre otros aspectos; ha causado que en los pocos individuos entregados a la labor cívico-política se reúnan las identidades sociales que, como vimos en el caso de los exilios mayores, le pertenecen a diferentes personas. (Siempre tiene la regla, claros sus excepciones). A modo de ejemplo: trabajar como político (hablo en la amplitud del término, ya no digamos como liberal, socialdemócrata, democratacristiano o conservador) en el seno de un exilio menor, como es el caso del cubano en Suecia, implica, en el 99 por ciento de los casos, no contar con el respaldo de la prensa nacional, pues la étnica no existe (no contamos aquí las que en nuestro idioma natal puedan surgir y desaparecer en la nueva tierra). Esto implica que para llevar el mensaje, no ya a los tuyos, sino que también a la sociedad protectora, se tenga, encima de político, que devenir —talento o no de por medio— en algo parecido a periodista. Mas allí no quedan las cosas: cuando haga falta hablar sobre el estado de los derechos humanos en la tierra natal, habrá entonces que guardar la bandera política (tenga el color que tenga), y con la experiencia que el pasaporte de cubano y/o de exiliado garantiza, presentarse allí donde la sagrada causa de la virtud humana llame. Lo más tragicómico de esta amalgama de identidades es que, además tienen que interaccionar ... para que la una debilite a la otra (Sic!). Así pues, cuando este ser de identidades volátiles, le da peso a la pluma, a la labor de formación de opinión, pues se ve obligado a socavar o apocar su labor netamente política. Y viceversa. En fin, la lucha intestina entre los diferentes roles sociales queda atrapada en círculo vicioso del que difícilmente se escapará.

La multiplicidad de roles sociales puede traer, además de consecuencias negativas para el individuo que se dedica a dicha labor cívico-política (consecuencias que por enmarcarse en los aspectos subjetivos de la identidad dejamos para otra ocasión), también para la interacción de este con los miembros de la sociedad receptora. Estos últimos se preguntarán, con toda razón: ¿quién eres, en definitiva? ¿En condición de qué te tratamos ahora: de político (liberal, socialdemócrata, democratacristiano, conservador), de activista pro derechos humanos, de publicista, o de meramente exiliado cubano? También causará dolores de cabeza, cuándo se actualice la cuestión de reclutar a este “hombre o mujer orquesta” para este u otro partido político, organización civilista, etc., pues estos individuos viven y se desenvuelven, al fin y al cabo, en sociedades que sí están bien estructuradas y dónde la gente tiende, por norma más temprano que tarde, a definir sus identidades sociales. En esas circunstancias, existe el riesgo de que los miembros de la sociedad anfitriona no comprendan que la variedad de roles del exiliado politica y civilmente consagrado, no es la celebración de dotes artísticas innatas, sino más bien el resultado de una realidad compleja y absorbente en la que muchas veces el deber se ha impuesto al ser.

******************

He reflexionado en voz alta, refiriéndome, particularmente en estos últimos párrafos, a Suecia. No obstante, conozco hombres y mujeres de otros exilios menores, que de igual o mejor manera llevan en sus hombros, estoicamente, la pesada carga de muchas identidades sociales. Esos hombres y mujeres, dicho martianamente, tienen el decoro de much@s otr@s pues “se rebelan con fuerza terrible contra los que le roban a los pueblos su libertad”. No ocultemos, tras el academicista discurso de las identidades, esta verdad.

© Alexis Gainza Solenzal,
Exiliado Cubano de Suecia
www.presslingua.com

 

Misceláneas de Cuba. Revista de Asignaturas Cubanas. Misceláneas de Cuba, No. 2, Año VI,  MARZO - ABRIL DE 2010
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