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| Casa de la Cultura, El Cobre, Santiago de Cuba. Foto: "Cocuyo" (Seudónimo), 2003. |
Ya fuera refugiado en las bibliotecas de mis recurrentes internados, o apostado entre las estanterías de la Casa de la Cultura en El Cobre, (cuando visitaba en Santiago de Cuba el racimo oriental de mi familia), la cosa es que presumo haber devorado todos los libros de aquella perenne cadena de malandrines y sabuesos.
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| Sala de lectura de la Casa de la Cultura (Ernesto "Che" Guevara se encargaba, probablemente, del contenido ortodoxo de la lectura), El Cobre, Santiago de Cuba. Foto: "Cocuyo" (Seudónimo), 2003. |
Vine a acordarme de las horas de recogimiento precoz, cuando recientemente topase, en Suecia, con un escrito que abordaba, a la ligera, el tema de la novela detectivesca cubana. Escrito por Eduardo Berezan, quien trabajase a la sazón en la agencia de prensa Global Reporting, el artículo de marras nos incursiona en los orígenes de la historia policíaca posrevolucionaria de intramuros. A modo de introducción, éste nos remonta fugazmente a 1970, fecha en que se publicara en La Habana la principiante Enigma para un Domingo, de Ignacio Cardenas Acuña. En opinión de Berezan, este relato policial no es gran cosa, pero de todos modos reinaba entonces en Cuba “una sed de novelas policíacas”, la cual, por lo visto, pretendió saciar un año más tarde el Ministerio del Interior, al patrocinar (sic!) un concurso literario sobre el género. Adelantado este conciso trasfondo, Berezan pasa revista a algunos escritores fantasmagóricos de la Mayor de las Antillas.
¿Quiénes son los Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Raymond Chandler de la literatura policial cubana que Berezan le presenta, pues, al lector de por estos reinos? El primero, Daniel Chavarría, es en realidad un uruguayo establecido en Cuba por más de 30 años, y cuya vida, según el periodista, “tiene algo de thriller”: Llegó a La Habana a principio de los 70as, después de haber secuestrado un avión en Colombia, obligando al piloto volar hacia Cuba, país donde recibió refugio.” A la pluma de Chavarría le corresponde Joy, novela editada en 750 mil ejemplares, al tiempo que este autor ha sido traducido a muchas lenguas (ruso, chino y griego, entre ellas). Una decena de premios internacionales, incluido el Edgar Allan Poe por Adios Muchachos, ha merecido encima la labor literaria del aplatanado sudamericano. Con las siguientes palabras le explica este al interlocutor nórdico, el contenido de sus relatos de misterio: “Vivo en Cuba por mero convencimiento político, pero no escribo cosas buenas de la revolución. Mis libros tratan sobre marginales: ladrones y putas. Ellos son más dramáticos, interesantes y atractivos que las personas que se portan bien.”
A diferencia de Daniel Chavarría, el escritor Julio Betancourt, de 65 años, sí tienes experiencias personales del quehacer policíaco. Durante años trabajó en los Órganos de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior, estructura en la que, como es conocido, se suele interrogar, reunir pruebas y pistas, reconstruir crímenes, etc. ya sean de verdad o de mentira. “Empecé a escribir novelas policíacas porque trabajaba en el Ministerio del Interior y me encontraba, por así decirlo, cerca del asunto. Pero también porque en la novela policíaca uno toca la cotidianeidad del país. En ella se puede reflejar la situación económica, social y política.” Berezan describe la atmósfera que encubre al escritor de misterios, detallando que “en uno de los estantes cuelga su uniforme de la Seguridad del Estado. En la parte izquierda, a la altura del bolsillo de la pechera, descansan algunas medallas.” A la luz pública y Aquí las arenas son más limpias son dos obras de Betancourt que el reportero escandinavo menciona, aunque antes esboza antecedentes biográficos del prosista: un corto periodo en la cárcel de Batista, primer teniente después de la Revolución, corresponsal de Granma en Nicaragua, finalmente jubilado de la policía política cubana.
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| Elizardo Sánchez Santa Cruz, Presidente de la Comisión Cubana pro Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, infamado por los escritores cubanos Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo en el libro El camaján. Foto: Jan Fröman. |
No sé si con mala leche, pero lo cierto es que Berezan cierra el inventario de novelistas policiales cubanos con los literatos Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo. De la autoría de esta pareja es el apócrifo El Camaján, en el cual se “afirma que Elizardo Sánchez Santa Cruz, alias ´Juana`, le ha entregado información valiosa a la policía sobre la oposición, siendo por ello recompensado y premiado por los órganos de Seguridad.” Berezan dice haberse encontrado en varias ocasiones con Sánchez Santa Cruz, de 59 abriles, presidente de la Comisión Cubana pro Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, quien en su juventud perteneciese al Partido Comunista de Cuba, pasando ocho años de cárcel debido a su quehacer oposicionista. “Ahora no está en la cárcel, resume el periodista sueco, pero sí infamado, lo cual puede resultar peor en una sociedad como la cubana. El Gobierno parece firmemente decidido, sino a aniquilar a la oposición, al menos a neutralizarla. Dicha táctica crea confusión y sospechas. Los ataques son despiadados, puesto que las víctimas no tienen posibilidad alguna de defenderse en los medios de comunicación estatales.”
El artículo de Eduardo Bezaran, publicado a propósito en el No. 1/Enero del 2004, de Omvärlden (El entorno, órgano de prensa de la Agencia Sueca para el Desarrollo Internacional, ASDI), lleva por título La novela policíaca como espejo de Cuba. Reflejo o no de la realidad insular, lo seguro es que los móviles, circunstancias y medios que en estas tramas se desarrollan, nada tienen que ver con los de los enigmas criminales en que se enfrascaban los listos pesquisidores y su infatigable can de mi casta infancia.
© Alexis Gainza Solenzal,
Exiliado Cubano de Suecia.
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