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Pusha

De cómo los bibliotecarios de Suecia conocieron sobre sus colegas independientes en Cuba

24-08-2004.

Nota introductoria: En el 2002, el Swedish International Liberal Center (SILC), organismo de cooperación internacional afín al Partido Liberal Sueco, publicó el folleto La Cuba de los libros, destinado este a concienciar a la opinión pública de Suecia sobre el fenómeno de las bibliotecas independientes cubanas. La Cuba de mis libros, de quien ahora anota, describía, desde una perspectiva íntima, prácticas y secuelas de la censura castrista; al tanto que El regreso de los libros, de Erik Jennische, Secretario General del SILC, relataba sobre albores y albures de los bibliotecarios independientes cubanos. (Tobias Ljungvall, miembro de la Junta Directiva del SILC, respondería a su vez por la redacción y el layout de dicha publicación).

Siendo utilizado el folleto en múltiples eventos, se propuso igualmente fuese enviado a las bibliotecas de Suecia, en miras a capitalizar la solidaridad de estos para con sus colegas insulares. Fue así como, casi un año después del fascículo ver luz, tomase este camino a centenares de bibliotecas populares de estos nórdicos parajes. Acompañaba al valioso embalaje, una misiva del mencionado Jennische, en la que se recogían las razones de dicho envío.

Hoy, por primera vez, se da a conocer, in extenso, el contenido de dicha iniciativa, una de las mayores que en Suecia vez alguna se haya emprendido en respaldo a los bibliófilos de intramuros. Para ello, ponemos a vuestra disposición las traducciones del sueco de la citada carta, así como de los textos incorporados a La Cuba de los libros.

Sería desleal de nuestra parte, sin embargo, anudar esta acotación sin tributar honor a la labor de un comprometido luchador pro democracia y derechos humanos que, desde el velo del anonimato, se prestó a la espinosa tarea de digitalizar y etiquetar alrededor de 600 direcciones postales de las bibliotecas populares de Suecia. Para dicha alma prolija, nuestro agradecimiento personal, así como el de Cuba.

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Estocolmo, 13 de mayo del 2003.

A todas las bibliotecas de Suecia:

Estimados bibliotecarios:

Del 18 al 20 de marzo, Fidel Castro desató la mayor de las olas represivas de los últimos decenios contra demócratas cubanos. Aproximadamente 80 periodistas, políticos, activistas pro derechos humanos, líderes sindicales y bibliotecarios independientes fueron arrestados. Tan sólo una semana después, 75 de ellos fueron condenados a un total de 1400 años de cárcel. De los condenados, 13 son bibliotecarios independientes.

El Movimiento de Bibliotecas Independientes se ha erigido, desde su origen en Las Tunas, en el oriente de Cuba, como uno de los principales actores pro libertad de expresión e información en la isla. La fuerza motriz de dicha iniciativa consiste en ofrecer todo tipo de literatura, incluida la que el gobierno no quiere que los ciudadanos lean. Además, las bibliotecas se han convertido en pequeños espacios públicos de actividad cultural. Hoy dicho movimiento consta con alrededor de 100 bibliotecas dispersas por todo el país, 22 de las cuales fueron asaltadas por la policía durante la ola de arrestos de marzo.

La razzia contra la Biblioteca Independiente Dulce María Loynaz, hospedada en la casa de la presidenta del movimiento de bibliotecas Gisela Delgado y de su esposo Héctor Palacio, comenzó a alrededor de las 18.00 del 20 de marzo. La cuadra fue cerrada, un reflector enorme colocado en la calle para alumbrar a través del balcón, 30 policías vestidos de civil pero armados se lanzaron al apartamento.

Primero requisaron la casa metódicamente. Todo lo controversial era filmado y empacado en grandes sacos negros de desechos: George Orwell, Astrid Lindgren, Maria Gripe, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, al igual que todo el estante de derechos humanos. Al comprender la gran cantidad de libros y materiales que había, los empezaron simplemente a tirar en los sacos plásticos, entre otros, 30 kilogramos de pasatiempos para actividades infantiles. Héctor, también trabajador pro la democracia de hace muchos años, fue arrestado y condenado a 25 años de prisión.

El SILC ha colaborado con las bibliotecas independientes de Cuba desde el 2000, proporcionando varios miles de libros, revistas y materiales de estudio. Este año, el proyecto recibió apoyo de la asignación a movimientos del ASDI [Asociación Sueca para el Desarrollo Internacional]. El año pasado, el movimiento de bibliotecas independientes de Cuba recibió el Premio pro Democracia del Partido Liberal Sueco.

Nuestra expectativa es que ustedes exhiban la publicación La Cuba de los libros de forma tal que la ciudadanía sueca lea sobre la represión cultural en Cuba, al igual que sobre cómo las bibliotecas independientes contrarrestan la misma. Puede que vuestra biblioteca esté interesada en una colaboración más profunda con alguna de las bibliotecas independientes de Cuba (vea toda la lista en www.bibliocuba.org). Ahora cuando la represión es tan fuerte, estas necesitan mucho más apoyo y atención. Nosotros, quienes trabajamos en este proyecto, con gusto les visitaríamos y contaríamos más.

Las largas condenas a prisión afectan por supuesto fuertemente a los familiares. El tiempo de visita es de dos horas cada tres meses, siendo muchos de los prisioneros trasladados a cárceles alejadas de los hogares de sus familiares. La situación económica de las familias es también difícil puesto que en principio todos los que trabajan por la democracia en Cuba pierden sus empleos. Por tal razón, el SILC ha abierto un fondo de apoyo a los prisioneros políticos y sus familiares: 12 57 83 –1. Nosotros reunimos dinero para 15 de los que más contactos hemos tenido y abrigamos la esperanza de que otros amigos de las bibliotecas suecas también contribuyan. Naturalmente, cada corona va directamente a parar a los familiares; nada se queda en el camino.

Hoy hablamos con Gisela por teléfono, nos contó que las autoridades le habían explicado que no podría visitar a Héctor en la cárcel hasta que ella no se comportara bien y dejara de condenar la represión. “Demorará mucho hasta que nos podamos encontrar nuevamente”, explicó ella. “Pero ¿qué puedo hacer? Tengo que contar lo que sucede.”

Con la expectativa de apoyo a las bibliotecas independientes de Cuba,


Erik Jennische
Secretario General del SILC. 

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La Cuba de los Libros

Portada de La Cuba de los libros. Escanografía.
Portada de La Cuba de los libros. Escanografía.

La Cuba de mis Libros

Por Alexis Gainza Solenzal

En septiembre de 1991, fui emplazado en el campamento de refugiados Bergeforsen Camping, ubicado a tiro de piedra de Sörberg, pequeña comunidad del centro de Suecia. Durante el primer mes en calidad de solicitante de asilo político, había ya alcanzado a entender que la ociosidad forzada correspondía a las exigencias de la espera incierta. Y que yo mismo, de algún modo, debía llenar el vacío existencial del exilio.

Por ello me encaminé a la pequeña biblioteca del vecindario; con el fin de en la lectura ahogar el desarraigo. Entre los libros en español, por uno quedé atrapado: La Habana para un infante difunto. No porque me considerara pariente de rey, más bien porque en cierto sentido me percibía fallecido; por más, a miles de millas marítimas de la ciudad de mi infancia. Sin embargo, a pesar de mi interés por la literatura, en el curso de 24 abriles, ni en mi país natal ni en los cinco años de estudios en la Universidad de Leningrado- había escuchado hablar del escritor Guillermo Cabrera Infante.

En la litera del campamento, casi sin pausas, devoré el inefable y pintoresco relato sobre la vida de la capital cubana durante las décadas del 40ª y 50ª. De la biblioteca de Sörberg, o si fue de la de Timrå, presté luego Tres tristes tigres; leyendo más tarde todo lo que del exiliado escritor cubano a mis manos llegase. En casa cuido, esmeradamente, su colección de artículos –y probablemente manifiesto político- Mea Cuba. La brillante creación literaria de Cabrera Infante se confirmó en 1998, cuando la Academia Española le otorgara el Premio Cervantes, principal condecoración de la lengua española.

Tirados a las calderas

Desde el primer instante, me sentí airado para con el régimen que me conculcase el derecho a disfrutar de tan fantástica lectura, preguntándome más tarde cómo los censores, en la práctica, le imposibilitaron a nuestra generación amistarse con la producción literaria de Cabrera Infante y correligionarios. El periodista chileno Roberto Ampuero, quien de casualidad fuera a parar a Cuba a mediado de los 70as, ha desvelado, en parte, cómo esto sucedía. En el autobiográfico Nuestros años verde olivos, de 1999, se describen fragmentos del procedimiento de censura.

El libro de Ampuero respira desilusión ante el sistema que los propagandistas han elevado al cielo. Durante los estudios de literatura en la Universidad de La Habana, este fue obligado a trabajar en el ramo de la construcción por una miserable remuneración. “La educación gratuita es una quimera”, postularía él años más tarde. Uno de sus mejores amigos, Lázaro, tuvo en lugar de ello la suerte de ser reclutado para la biblioteca central de la institución universitaria. Sin embargo, también allí el trabajo tenía sus partes sombrías. Cada mes, la biblioteca universitaria era visitada por un funcionario del Directorio de Orientación Revolucionaria, del Partido Comunista, el cual responde por la preservación de la ortodoxia ideológica en Cuba. Consigo llevaba este, una lista de los libros que se sacarían de circulación.

Al igual que en la Unión Soviética, desaparecían, a nombre de la Revolución, pues los libros que habían permanecido en los estantes tras la era capitalista, o que habían visto luz durante la desvanecida apertura de los 60as. Muchas de las obras eran por supuesto críticas al socialismo y al comunismo, o reflejaban una imagen de la Cuba prerrevolucionaria que se apartaba de la consentida. Según los inquisidores, dichos libros podían “desviar ideológicamente a los jóvenes”.

La censura es un proceso dinámico, si se quiere hasta dialéctico y creativo. Esto se deduce cuando Ampuero pasa lista a tres categorías de libros prohibidos: los escritos por publicistas “burgueses” como Ortega y Gaset, Octavio Paz y Artur Coestler; por literatos nacionales que por motivo de franqueza habían caído en desgracia, por ejemplo José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Antonio Arrufat; así como por autores exiliados, como Severo Sarduy, Carlos Franqui y el arriba citado Cabrera Infante.

Al principio, Lázaro creía, y también Ampuero, que las obras vedadas iban a parar a bibliotecas especiales donde tan sólo “los de confianza” tendrían acceso a ellos, a semejanza de las que existían en la Unión Soviética y en otros estados de Europa Oriental. Luego llegó el chock. Los libros ora iban dirigidos o al reciclaje de papel, ora eran tirados en las calderas de producción de energía.

Ampuero y sus amigos tuvieron de todas maneras suerte. Lázaro sacó por contrabando de la biblioteca universitaria buena partida de libros vedados, entre ellos el conocido poemario de Heberto Padilla Fuera del Juego. Todo esto, mientras los sentidos del chileno se ensombrecían al rememorar cómo los soldados de Pinochet quemaban los libros en las calles, así como las imágenes de las hogueras de libros en el Berlín de Hitler, “el símbolo eterno de la dictadura”.

Dos sacos de cementos con historia

A la par de la penosa labor de la censura estatal, los libros – posiblemente tanto prohibidos como permitidos – son también devorados por las llamas debido a que las instituciones han perdido la pasión por la grandeza de la palabra escrita. Yo mismo fui testigo de un espeluznante hecho de esta índole, cuando tenía 14 ó 15 años, esto es, en 1983 o 1984.

Durante un permiso del internado, visité el puesto de trabajo de mi padre, a la sazón administrador del Instituto Politécnico José Martí, ubicado en las cercanías del aeropuerto de La Habana. Conocía mi padre mi insaciable hambre de lectura, por lo que me contó que algunos libros de la biblioteca de la institución se botarían o quemarían. Me llevó hasta un edificio abandonado; allí se levantaba una montaña de librotes esparcidos.

Tan pronto quedé solo, me precipité a la montaña de libros. Excavé entre los textos maculados ansioso, como un perro en la arena en busca de su deseado hueso. Obras literarias no encontré por rescatar, en cambio libros sobre historia de Cuba. La historia es la hermana querida de la literatura, así que recogí un libro tras otro, hasta que tuve repletos dos sacos que anteriormente habían contenido cemento.

Algunos títulos ilustran qué inapreciables obras había en aquella montaña de libros. Allí estaba la Historia de la Isla y Catedral de Cuba, escrita alrededor del 1760 por Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, a la sazón arzobispo de Cuba. Fuentes iniciadas afirman que su descripción histórica abarcó hasta el 1752, pero la versión que puse en resguardo, probablemente de mediados del siglo XIX, corría tan sólo hasta el año 1659. Una parte de la obra ya se había por ende perdido. Este es pues el primerísimo libro de historia de Cuba escrito dentro de las fronteras del país, ¡y sería presa de las llamas!

También el primer monumento literario de Cuba se salvaba, el poema épico Espejo de Paciencia, compuesto por Silvestre de Balboa Troya y Quesada en la entonces ciudad de Puerto Principe. Troya y Quesada vivió en Cuba varios años en la década de 1590, pero pasó la mayor parte de su vida en las Canarias. En Las Palmas, Gran Canaria, a un extremo de la calle Espíritu Santo, aún se puede encontrar la casa de dos plantas con balcón donde este viviera.

Otra perla que rescaté fue el censo de 1943, un grueso librote de 1373 páginas. Publicado en 1945 en diez mil ejemplares, es una invalorable fuente de información sobre la Cuba prerrevolucionaria, de modo parcializado enlodada por el régimen actual. Hace poco hojeé, por ejemplo, el capítulo que referente a los medios de comunicación masivas de entonces. La variedad de publicaciones periódicas es conmovedora: 469 en todo el país. La Haban marchaba a la cabeza con 366, pero las restantes provincias tenían igualmente una relativamente buena oferta: Pinar del Rio, 12; Matanzas, 8; Las Villas, 17; Camaguey, 20 y Oriente, 46. ¿Qué queda de esta variedad en la Cuba de hoy?

Que el censo de población es confiable, lo habla el hecho de que dos representantes del entonces partido comunista, Partido Socialista Popular, tomaron parte en su elaboración. Uno de ellos fue Carlos Rafael Rodríguez, posiblemente el principal ideólogo de Fidel Castro hasta que el primero falleciera en 1998.

Otro libro que encontré se llamaba Historia de Cuba, editado probablemente durante la segunda mitad del 60ª. Se trataba del primer intento de crear una historiografía adaptada a un ciertamente limitado pero de todos modos importante grupo de personas: los militares e instructores políticos. Un nuevo texto semejante que hallé fue Instrucción política, publicado por la Dirección Política de las Fuerzas Armadas.

No sé porque esos dos libros, dirigidos a militares y oficiales, habían ido a parar a una institución civil como el Politécnico José Martí. También uno se puede preguntar qué necesidad había de macular dichas obras. ¿Acaso porque algunas personas en las fuentes ya en la primera mitad de los 80as habían sido catalogados traidores a la patria? ¿O era que la interpretación histórica ya no se ajustaba?

Hoy quedan tan sólo algunos de los libros que salvé, lo que le agradezco a la vergüenza de mi juventud; a la pobreza de nuestra familia. El verano de 1986, uno de los aeronaves de Cubana de Aviación, de construcción rusa, levantó vuelo de la pista contigua al instituto donde años antes encontrara mi tesoro de libros. Destinación Moscú, a abordo se encontraba un contingente de estudiantes cubanos. En la valija estaban mis libros más gruesos, entre ellos, el censo de población, Historia de Cuba e Instrucción Política. Dichos libros no fueron a parar allí por razones de amor patrio, más bien porque carecía de ropas, zapatos y otros atavíos con que llenar el equipaje, circunstancia que deseaba ocultar a mis compañeros de viaje mejor pertrechados.

Los libros que abandoné en mi país de origen, terminaron de todos modos y finalmente en la hoguera. Tras una dolorosa separación de mi padre, mi hoy ex madrastra quemó aquellos dos sacos de cemento con obras amarillentas. Desde otro extremo del Atlántico, nada no pude hacer por salvarlos. Posiblemente fue aquello un acto de venganza contra mi padre, a pesar de que ella, cuando regresé de vacaciones me explicase que los sacos de libros atraían cucarachas. Nunca la he condenado: ella no sabe ni escribir ni leer. Su analfabetismo hace ecos en mí, cada vez los admiradores del régimen cubano se enorgullecen de las “conquistas” de la revolución en el campo de la educación.

Libros para los de confianza

La censura del régimen castrista no afecta a todos los súbditos por igual. Si bien es cierto, que la cuestión de si existen o no bibliotecas especiales para la nomenclatura debe dejarse abierta, lo seguro es que de la misma manera que el Máximo Líder diariamente lee los periódicos del archienemigo –Washington Post, New York Times, Miami Herald y Diario de Las Américas-, también los miembros fieles de la nomenclatura tienen acceso a libros prohibidos.

El escritor cubano Reinaldo Arenas (1944-1990) ofrece en su autobiografía Antes que anochezca, destellos de los privilegios de esta élite. Arenas, quien en su persona reuniera las cualidades que el régimen más detestaba: era escritor, homosexual y disidente, fue encarcelado a mediado de los 70as por causa de sus ideas políticas y labor literaria. Después de tres meses en Villa Marista, estado mayor de la Seguridad del Estado, “un lugar peor que la inquisición” y que según Arenas era del todo controlado por la KGB soviética, este se detractó de su anterior vida “contrarrevolucionaria”, así como de su inclinación sexual.

Trasladado a El Morro, la célebre mazmorra de La Habana, recibía este visitas esporádicas del teniente alias Víctor. En una ocasión, este le contó a Arenas que su libro El palacio de las blanquísimas mofetas había sido publicado tanto en Francia como en Alemania. El teniente le mostró un ejemplar, pero lo mantuvo a distancia del alcance de sus manos: “… era mi libro, pero ni siquiera lo podía tocar”, describe Arenas.

A principios de 1976, Arenas fue sacado de la cárcel gracias a presiones internacionales. En cambio, pudo vivir en casa de Norberto Fuentes, el principal cronista de las guerras del régimen castrista. Mas cuando este le dio a leer el libro más reciente de Cabrera Infante, Vistas del amanecer en el trópico, empezó a sospechar que la estancia en el hogar de Fuentes era en realidad “una especie de interrogatorio sutil” en el que se controlaba si realmente se había rehabilitado. Por ello, después de la lectura, Arenas precisó que aunque el libro estaba escrito excelentemente, era al mismo tiempo contrarrevolucionario. Fuentes continuó ofreciéndole obras que no circulaban libremente en el país.

Por razones de aclaración, agregarse debe que Fuentes es hoy un desertor. Entre otros libros, ha escrito Dulces guerreros cubanos, descorazonadora descripción de las aventuras bélicas del régimen cubano en los focos de conflictos del mundo, principalmente en los del continente africano.

La Cuba dispersa

Mis años en libertad los he vivido en el Renacimiento y la Ilustración simultáneamente. He descubierto la insuperable magnificencia de la palabra libre, y en la ausencia del censor he leído ora libros de franceses ora de chinos, ora de autores de derecha ora de izquierda. He disfrutado de los escritores prohibidos en mi país natal: Zoé Valdés, Daína Chaviano, Eliseo Alberto, Jesús Díaz.

Y contra todo pronóstico, sé ahora que llegará el día en que los cubanos no necesitarán abandonar su país de origen para leer las obras de Cabrera Infante. Entonces, los hombres de la Seguridad del Estado y los miembros de la nomenclatura perderán sus privilegiadas posiciones en cuanto a acceso a literatura vedada se debe. Y los libros serán protegidos por hombres y mujeres que veneren la palabra escrita, no por indiferentes instituciones en las que en cualquier momento arriesgan ir a parra a la hoguera. Entonces, los cubanos amantes de los libros, sin el supervisor del Directorio de Orientación Revolucionaria, redescubrirán el alma de su patria.

La parte cubana de mi cosmopolita identidad, avenida a largo del viaje, es hoy más cubana que nunca. En el destierro se ha abierto paso a tientas, y cálidamente aceptado la Cuba cada vez más dispersa.


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El regreso de los libros

Por Erik Jennische

“En Cuba no hay libros prohibidos, más bien no hay dinero para comprarlos”, respondió Fidel Castro cuando un periodista extranjero le preguntase, durante la Ferida del Libro en La Habana en 1998, sobre la censura en Cuba.

Berta Mexidor Vázquez y su esposo Ramón Humberto Colás estaban sentados frente al televisor en Las Tunas, en el oriente de Cuba, cuando la entrevista era transmitida. “Si es así que no hay libros prohibidos, nosotros tenemos gran parte escondida que muchas personas en la isla con gusto leerían”, pensaron. Rápidamente se les ocurrió la idea de utilizar su propia colección para abrir una biblioteca que no se sometiese a la cultura política del régimen. Una biblioteca en la que tendrían lugar tanto los escritores que aún eran publicados en Cuba como los que los lectores cubanos nunca podían disfrutar.

El librero fue colocado en la sala de la casa, adornado con la cita de Fidel Castro bordada en un tapete. En la puerta colgaron un rótulo con el texto Biblioteca Independiente Felix Varela. La biblioteca se hizo popular, y alrededor de Las Tunas y pronto también en otras partes de la isla, se abrieron similares. Algunas personas donaban libros, otras venían a pedir prestados. Un espacio completamente nuevo y medio oficial se había abierto, un espacio que permitía una discusión cultural sin mordazas. Por supuesto, la policía conocía lo que sucedía, pero nadie silenciaba las discusiones.

La expectativa de que las palabras de Fidel funcionarían como bendición de dicha actividad, no duró sin embargo mucho tiempo. Berta perdió el trabajo en la Universidad, y unos años más tarde les quitaron la casa. “Vivienda de maestros universitarios”, afirmaron las autoridades, obligando a la familia a mudarse al hogar de los padres en el campo, en las afueras de Las Tunas. Las represalias continuaron y en diciembre del 2001 la familia pasó al exilio. Estaban hartos.

No obstante, el movimiento creció. A principios del 2000, Gisela Delgado abrió su biblioteca en el Vedado, en La Habana. Hoy la biblioteca es la más grande en la isla con aproximadamente 300 títulos. Se tenía la esperanza de que Gisela pudiera venir a la Feria del Libro de Gotemburgo el 2002 para que hablara de esta labor y recibiera apoyo. Durante el verano, las señales de las autoridades cubanas fueron diferentes, en mayo “no estaba autorizada a abandonar al país”, como afirmó el oficial de Inmigración; después que ella podría de todas maneras viajar en caso de que presentara una nueva solicitud. Pero cuando así hizo, sucedió que la respuesta fue de todos modos negativa. Por teléfono le pregunto por qué:

- El Gobierno es totalmente incomplaciente cuando se trata de dar espacios a los que trabajan en la sociedad civil. No toleran a nadie que venga de allí. Todo tiene que venir del propio Gobierno, o de quienes compartes sus ideas.

- ¿Los ven a ustedes como una amenaza?

- Ellos ven como una amenaza cuando las gentes en la sociedad civil leen o piden prestado lo que quieren. El poder que los libros tienen, que a su vez proviene de quienes los escriben, es una amenaza contra las puertas cerradas del estado cubano. Las bibliotecas independientes le dan a las personas la posibilidad de leer, libros que nunca podrían leer en las bibliotecas populares, libros de cubanos que viven en el exilio y de grandes autores internacionales que nunca han sido distribuidos en Cuba.

- ¿Cuáles?

- Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Zoé Valdés, Diana Chaviano son cubanos notorios que viven en el exilio. Rebelión en la Granja y 1984, de George Orwell, son por supuesto obras importantes, como también lo son los libros de Mario Vargas Llosa. Los más populares entre los libros infantiles son pues Pipi Mediaslargas, Harry Potter y el Pequeño Principe. Nuestro único ejemplar de Harry Potter está todo roto de tanta lectura, y se parece más a un trapo que a un libro.

- Pero ¿pueden personas comunes visitar las bibliotecas?

- ¡Claro que sí! Posiblemente la seguridad del estado les espía, y muchos son amenazados y pueden tener problemas en el trabajo, pero vienen de todas maneras. Los bibliotecarios utilizan diferentes medios para que los libros lleguen también a aquellos que no se puedan exponer al riesgo de perder el trabajo. Cada biblioteca tienen una extensa red que distribuye los libros de persona a persona.

-¿Pueden también los turistas visitarlas?

- ¡Por supuesto! ¡Estamos abiertos para todos!

- Pero ¿no es un riesgo visitarles cuando la policía les está espiando?

- Siempre hay riesgos. Pero no para nosotros. Nosotros ya hemos tomado un riesgo al abrir la biblioteca. Sin embargo, no pienso que el Gobierno pueda hacer algo contra los turistas.

En diciembre del 2000, el SILC y la Asociación de Jóvenes Liberales echaron a andar una colecta para las bibliotecas independientes de Cuba. Con el dinero recogido, compramos libros, enviándolos con turistas que viajan a Cuba. Nuestra expectativa es en parte contribuir con la literatura que las librerías cubanas no ofrecen, pero también que la policía sepa que hay muchas personas en Suecia que conocen la existencia de las bibliotecas independientes. Mientras más amigos las bibliotecas tengan alrededor del mundo, más reacia se mostrarán las autoridades cubanas a reprimirlas.

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La biblioteca de Berta Mexidor y Ramón Colás aún existe, siendo esta atendida por Fernando Medidor Vázquez: Biblioteca “Felix Varela”, Calle 35, # 2A, entre Rubén Batista y Saturnino Aneiro, Nuevo Amancio, Amancio Rodríguez, Las Tunas.

La biblioteca de Gisela Delgado está ubicada en la siguiente dirección: Biblioteca “Dulce María Loynaz”, Calle 25, # 866, Apt. 3, entre A y B, Vedado, Ciudad Habana. Teléfono: +53 7 830 21 03.

Apoye la colecta de libros enviando su aportación a la cuenta 551 335-3. Marque el talonario con la frase “Bibliotecas Independientes de Cuba2. También aceptamos con gusto donaciones de libros. Se solicita todo tipo de libros, aunque únicamente en idioma español.  Envíe los libros a: SILC, Box 6508, 113 83, Estocolmo.

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Contraportada de La Cuba de los libros
Contraportada de La Cuba de los libros. Escanografia.

© Traducciones del sueco y nota introductoria: Alexis Gainza Solenzal
www.presslingua.com

 

Misceláneas de Cuba. Revista de Asignaturas Cubanas. Misceláneas de Cuba, No. 2, Año VI,  MARZO - ABRIL DE 2010
Misceláneas de Cuba. Revista de Asignaturas Cubanas. Misceláneas de Cuba, No. 2, Año VI, MARZO - ABRIL DE 2010
Dissidents. Les veus que Castro no ha pogut silenciar.
"Dissidents. Les veus que Castro no ha pogut silenciar."
Autores: Carles Llorens y Clàudia Pujol. Editores: dèria EDITORS y La Magrana. Primera edición: Octubre de 2007.
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